miércoles, 22 de febrero de 2012

La calle [1920], cuento de HP Lovecraft


 Hay quien dice que las cosas y los lugares tienen alma, y hay quien dice que no; por mi parte, no me atrevo a pronunciarme, pero quiero hablar de la Calle.
Esa Calle la crearon hombres fuertes y de honor; hombres buenos y esforzados, de nuestra sangre, llegados de las Islas Bienaventuradas, al otro lado del mar. Al principio no fue más que un sendero hollado por aguadores que iban del manantial del bosque al puñado de casas que había junto a la playa. Luego, al llegar más hombres al creciente grupo de casas en busca de un lugar donde vivir, se construyeron chozas en la parte norte, y cabañas de recios troncos de roble y albañilería en el lado del bosque, dado que por allí les hostigaban los indios con sus flechas. Años más tarde, los hombres levantaron cabañas también en la parte sur de la Calle.
Por la Calle paseaban arriba y abajo hombres graves de cónicos sombreros, cargados casi siempre con mosquetes y armas de caza. Y también paseaban sus esposas en sombreradas y sus hijos serios. Por la noche, los hombres se sentaban, con sus esposas e hijos alrededor de gigantescas chimeneas, y leían y charlaban. Muy simples eran las cosas sobre las que leían y hablaban, pero les infundían aliento y bondad, y les ayudaban durante el día a someter el bosque y los campos. Y los hijos escuchaban y aprendían las leyes y las proezas de otros tiempos, y cosas de la querida Inglaterra que nunca habían visto o no podían recordar.
Hubo una guerra, y los indios no volvieron a turbar la Calle. Los hombres, entregados a su trabajo, prosperaron y fueron todo lo felices que sabían ser. Y crecieron los hijos en la prosperidad, y llegaron más familias de la Madre Patria a vivir en la Calle. Y crecieron los hijos de los hijos, y los hijos de los recién llegados. El pueblo fue entonces una ciudad; y una tras otra, las cabañas cedieron el paso a las casas: sencillas y hermosas casas de ladrillo y madera, con escalinata de piedra, barandilla de hierro y montante en abanico sobre las puertas. No eran frágiles creaciones estas casas, ya que se construían para que sirvieran a muchas generaciones. Dentro tenían chimeneas esculpidas y graciosas escaleras, muebles agradables y de gusto, porcelanas de china y vajillas de plata traídas de la Madre Patria.
Y así, la Calle bebió en los sueños de un pueblo joven y se alegró cuando sus moradores se volvieron más refinados y felices. Donde en otro tiempo no había sino fuerza y honor, moraban ahora también el gusto y el deseo de aprender. Llegaron a las casas los libros y los cuadros y la música, y los jóvenes fueron a la universidad erigida en la llanura del norte. En lugar de sombreros cónicos y espadas cortas, de lazos y pelucas, aparecieron adoquines en los que resonaban las herraduras de los pura sangre y traqueteaban los dorados coches; y aceras de ladrillo con montaderos y postes para atar a los caballos.
Había en aquella Calle muchos árboles: olmos y robles y arces respetables; de forma que en verano el escenario estaba lleno de verdor y de cantos de pájaros. Y detrás de las casas había valladas rosaledas con senderos flanqueados por setos y relojes de sol, donde por la noche brillaban mágicamente la luna y las estrellas, y las flores fragantes centelleaban con el rocío.
Así siguió soñando la Calle, soportando guerras, calamidades y cambios. Una de las veces se marchó la mayoría de los jóvenes, algunos de los cuales no regresaron. Eso fue cuando retiraron la vieja bandera e izaron un nuevo pendón con estrellas y barras. Pero aunque los hombres hablaban de grandes cambios, la Calle no los notó, ya que sus gentes seguían siendo las mismas y hablaban de las viejas cosas familiares en las viejas tertulias familiares. Y los árboles siguieron cobijando a los pájaros cantores, y por la noche, la luna y las estrellas contemplaban las flores bañadas de rocío en las valladas rosaledas.

Con el tiempo desaparecieron de la Calle las espadas, los tricornios y las pelucas. ¡Qué extraños parecían los habitantes con sus bastones, sus altos sombreros de castor y su pelo cortado! Un nuevo rumor comenzó a oírse a lo lejos: primero, extraños resoplidos y gritos procedentes del río, a una milla de distancia; luego, bastantes años después, extraños resoplidos y gritos y estrépitos en otras direcciones. El aire no era tan puro como antes, pero el espíritu del lugar no había cambiado. La sangre y el alma de sus antepasados habían forjado la Calle. Tampoco cambió el espíritu cuando desventraron la tierra e introdujeron extrañas tuberías, o cuando alzaron altos postes a fin de sostener alambres misteriosos. Había tanto saber antiguo en la Calle, que no era fácil olvidar el pasado.
Después llegaron malos tiempos, en los que muchos de los que conocían la Calle de antiguo dejaron de conocerla, y la conocieron muchos que antes no la conocían; y se marcharon, ya que sus acentos eran toscos y estridentes, y desagradables sus expresiones y semblantes. Sus pensamientos se alzaron también contra el espíritu sabio y justo de la Calle, de forma que la Calle languideció en silencio mientras sus casas se desmoronaban, sus árboles morían uno tras otro y sus rosaledas eran invadidas por la maleza y la basura. Pero un día sintió un estremecimiento de orgullo, cuando otra vez marcharon sus jóvenes, algunos de los cuales tampoco regresaron. Jóvenes que vestían de azul.
Con los años, la suerte de la Calle empeoró. Sus árboles habían desaparecido todos, y sus rosaledas fueron desalojadas por las paredes traseras de edificios nuevos, feos y baratos, alineados en calles paralelas. Sin embargo, siguió habiendo casas, a pesar de los estragos de los años y las tormentas; pues habían sido construidas para que sirviesen a muchas generaciones. Nuevos rostros aparecieron en la Calle; rostros morenos, siniestros, de ojos furtivos y facciones singulares, cuyos poseedores hablaban exóticas lenguas y trazaban signos de caracteres conocidos y desconocidos sobre la mayoría de las casas anticuadas. Las carretillas atestaban el arroyo. Un hedor sórdido, indefinible, reinaba en el lugar, y adormecía su antiguo espíritu.
Una vez, la Calle experimentó una gran excitación. La guerra y la revolución se habían desatado furiosamente al otro lado de los mares; había caído una dinastía, y sus degenerados súbditos se dirigían en tropel, con dudosas intenciones, a la Tierra Occidental. Muchos de ellos ocuparon las casas ruinosas que en otro tiempo conocieran el canto de los pájaros y el perfume de las rosas. Después, la Tierra de Occidente despertó, y se unió a la Madre Patria en su lucha titánica por la civilización. Una vez más flotó por encima de las ciudades la vieja bandera en compañía de la nueva y de otra más sencilla — aunque gloriosa—, tricolor. Pero no ondearon muchas en la Calle, pues allí sólo reinaba el miedo y el odio y la ignorancia. Y otra vez se fueron los jóvenes, pero no como los jóvenes de otros tiempos. Algo les faltaba. Los hijos de los jóvenes de otros tiempos, vestidos de color pardo oliváceo y dotados del mismo espíritu de sus antepasados, procedían de lugares lejanos y no conocían la Calle ni su antiguo espíritu.
Hubo una gran victoria al otro lado de los mares, y la mayoría de los jóvenes regresaron triunfalmente. Aquellos a quienes había faltado algo, dejó de faltarles; sin embargo, aún reinaba en la Calle el miedo y el odio y la ignorancia, porque eran muchos los que se habían quedado, y muchos los extranjeros que habían llegado de lejanos lugares a ocupar las casas antiguas. Y los jóvenes que regresaron no vivieron ya en ellas. La mayoría de los desconocidos eran atezados y siniestros, aunque era posible descubrir entre ellos algún rostro parecido al de aquellos que formaron la Calle y modelaron su espíritu. Parecidos, y, no obstante, distintos; porque había en los ojos de todos ellos un brillo extraño e insano, como de codicia, de ambición, de rencor o de celo desviado. La agitación y la traición acechaban en el exterior, entre unos cuantos malvados que tramaban asestar un golpe de muerte a la Tierra Occidental, a fin de imponer su poderío sobre sus ruinas, como habían hecho los asesinos de ese frío y desdichado país del que venía la mayoría. Y el foco de esa conspiración estaba en la Calle, cuyas casas ruinosas hervían de agitadores y resonaban con los planes y discursos de aquellos que ansiaban la llegada del día designado para la sangre, las llamas y los crímenes.
La ley habló mucho sobre extraños conciliábulos en la Calle, pero pudo probar muy poca cosa. Con gran diligencia, hombres portadores de insignias ocultas frecuentaron con el oído atento lugares como la panadería de Petrovitch, la mísera Escuela Rifkin de Economía Moderna, el Club del Círculo Social y el Café Libertad. Allí se reunían en gran número siniestros individuos, aunque siempre hablaban con cautela, o lo hacían en lenguas extranjeras. Aún seguían en pie las viejas casas, con su saber olvidado de siglos más nobles y pretéritos de robustos habitantes coloniales y rosaledas cubiertas de lodo a la luz de la luna. A veces venía a visitarías algún poeta o viajero solitario, y trataba de imaginarlas en su perdido esplendor; pero no eran muchos tales viajeros y poetas.
Después corrió el rumor de que en esas casas se ocultaban los cabecillas de una extensa banda de terroristas, quienes en determinado día iban a entregarse a una orgía de sangre, con objeto de aniquilar América y todas las bellas y antiguas tradiciones que la Calle había amado.
Corrían panfletos y periódicos por los arroyos inmundos; panfletos y periódicos impresos en múltiples lenguas y caracteres, portadores de mensajes de rebelión, de crímenes. En ellos se instaba a las gentes a derribar las leyes y las virtudes que nuestros padres habían exaltado, a fin de ahogar el alma de la vieja América, el alma que nos legaron, a través de mil quinientos años de libertad, justicia y moderación anglosajonas. Se decía que los hombres atezados que se reunían en las ruinosas construcciones eran los cerebros de una espantosa revolución que a una orden suya muchos millones de bestias embrutecidas estúpidas sacarían sus garras repugnantes de los barrios inmundos de un millar de ciudades, incendiando, matando y destruyendo, hasta arrasar la tierra de nuestros padres. Todo esto se decía y se repetía, y muchos pensaban con temor en el cuatro de julio, día del que hablaban los extraños escritos; sin embargo, nada se descubrió que delatara a los culpables. Nadie sabía a quién había que detener para cortar de raíz la condenable conjura. Muchas veces fueron grupos de policías de chaqueta azul a registrar las casas ruinosas; pero finalmente dejaron de ir, porque también ellos se cansaron de hacer mantener la ley y el orden, y abandonaron la ciudad a su suerte. Entonces llegaron los hombres de verde oliva cargados con sus mosquetes, hasta el punto de que parecía como si, en su sueño lamentable, le llegaran a la Calle recuerdos de aquellos otros tiempos en que la recorrían los hombres de los mosquetes y los sombreros cónicos camino del manantial del bosque al grupo de casas de la playa. Sin embargo, no pudieron tomar ninguna medida para prevenir el inminente cataclismo, ya que los hombres atezados y siniestros poseían una astucia experimentada.

Así, la Calle siguió durmiendo su sueño inquieto, hasta que una noche se reunieron en la panadería de Petrovitch, en la Escuela de Economía Moderna, en el Club del Círculo Social, en el Café Libertad y en otros lugares, inmensas hordas de ojos abiertos por el horrible sentimiento de triunfo y expectación. Viajaron por ocultos alambres extraños mensajes, y se habló mucho también de otros aún más extraños que debían viajar; pero de casi todo esto no se supo nada hasta después, cuando la Tierra de Occidente estuvo a salvo del peligro. Los hombres de pardo oliva no podían decir lo que ocurría, ni lo que iban a hacer, porque los hombres atezados y siniestros eran diestros en la ocultación y el disimulo.
Pero jamás olvidarán los hombres de pardo oliva esa noche, y se hablará de la Calle como ellos hablan a sus nietos; porque fueron muchos los enviados, hacia el amanecer, a una misión distinta de cuantas ellos esperaban. Se sabía que este nido de anarquía era viejo, y que las Casas estaban en ruinas a causa de los estragos del tiempo, de las tormentas y la carcoma; sin embargo, lo que ocurrió esa noche de verano sorprendió por su extraña uniformidad. En efecto, fue un suceso de lo más singular, aunque muy simple. Porque sin previo aviso, a las primeras horas de la madrugada, todos los estragos de los años y las tormentas y la carcoma llegaron a su tremenda culminación: y tras el derrumbamiento final, no quedó en pie nada en la Calle, salvo dos antiguas chimeneas y parte de una pared de ladrillo. Nadie de cuantos vivían allí salió con vida de las ruinas. Un poeta y un viajero que acudieron con la enorme multitud a ver la escena, contaron después extrañas historias. El poeta dijo que las horas que precedieron al amanecer contempló las sórdidas ruinas confusamente al resplandor de las luces eléctricas, y que por encima de los escombros se rencortaba otro paisaje en el que pudo discernir la luna, casas hermosas, y olmos y robles y arces venerables. Y el viajero afirma que en vez del habitual hedor reinaba una delicada fragancia como de rosas en flor. Pero ¿no son notoriamente falsos los sueños de los poetas y los relatos de los viajeros?
Hay quien dice que las cosas y los lugares tienen alma, y hay quien dice que no; yo no me atrevo a decir sino lo que les he contado de la Calle.

Arthur Jermyn [1920], cuento de HP Lovecraft


La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana -si es que somos una especie aparte-; porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo. Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo Arthur Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche. Nadie guardó sus restos carbonizados en una urna, ni le dedicó un monumento funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que lo conocían niegan incluso que haya existido jamás.
Arthur Jermyn salió al páramo y se prendió fuego después de ver el objeto de la caja, llegado de África. Fue este objeto, y no su raro aspecto personal, lo que lo impulsó a quitarse la vida. Son muchos los que no habrían soportado la existencia, de haber tenido los extraños rasgos de Arthur Jermyn; pero él era poeta y hombre de ciencia, y nunca le importó su aspecto físico. Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, el barón Robert Jermyn, había sido un antropólogo de renombre; y su tatarabuelo, Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región del Congo, y autor de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y supuestas ruinas. Efectivamente, Wade estuvo dotado de un celo intelectual casi rayano en la manía; su extravagante teoría sobre una civilización congoleña blanca le granjeó sarcásticos ataques, cuando apareció su libro, Reflexiones sobre las diversas partes de África. En 1765, este intrépido explorador fue internado en un manicomio de Huntingdon.
Todos los Jermyn poseían un rasgo de locura, y la gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carecía de ramas, y Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, no se sabe qué habría podido ocurrir cuando llegó el objeto aquel. Los Jermyn jamás tuvieron un aspecto completamente normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn anteriores a Wade mostraban rostros bastante bellos. Desde luego, la locura empezó con Wade, cuyas extravagantes historias sobre África hacían a la vez las delicias y el terror de sus nuevos amigos. Quedó reflejada en su colección de trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre normal coleccionaría y conservaría, y se manifestó de manera sorprendente en la reclusión oriental en que tuvo a su esposa. Era, decía él, hija de un comerciante portugués al que había conocido en África, y no compartía las costumbres inglesas. Se la había traído, junto con un hijo pequeño nacido en África, al volver del segundo y más largo de sus viajes; luego, ella lo acompañó en el tercero y último, del que no regresó. Nadie la había visto de cerca, ni siquiera los criados, debido a su carácter extraño y violento. Durante la breve estancia de esta mujer en la mansión de los Jermyn, ocupó un ala remota y fue atendida tan sólo por su marido. Wade fue, efectivamente, muy singular en sus atenciones para con la familia; pues cuando regresó de África, no consintió que nadie atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso, después de la muerte de lady Jermyn, asumió él enteramente los cuidados del niño.
Pero fueron las palabras de Wade, sobre todo cuando se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba loco. En una época de la razón como el siglo XVIII, era una temeridad que un hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extraños bajo la luna del Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en ruinas e invadida por la vegetación, y de húmedas y secretas escalinatas que descendían interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas inconcebibles. Especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de los seres que poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa ciudad antigua e impía... seres que el propio Plinio habría descrito con escepticismo, y que pudieron surgir después de que los grandes monos invadiesen la moribunda ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las misteriosas esculturas. Sin embargo, después de su último viaje, Wade hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre después de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que había descubierto en la selva y de que había vivido entre ciertas ruinas terribles que él sólo conocía. Y al final hablaba en tales términos de los seres que allí vivían, que lo internaron en el manicomio. No manifestó gran pesar cuando lo encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma extraña. A partir del momento en que su hijo empezó a salir de la infancia, le fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que últimamente parecía amedrentarlo. El Knight’s Head llegó a convertirse en su domicilio habitual; y cuando lo encerraron, manifestó una vaga gratitud, como si para él representase una protección. Tres años después, murió.
Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido físico que tenía con su padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos acabaron por rehuirle. Aunque no heredó la locura como algunos temían, era bastante torpe y propenso a periódicos accesos de violencia. De estatura pequeña, poseía, sin embargo, una fuerza y una agilidad increíbles. A los doce años de recibir su título se casó con la hija de su guardabosque, persona que, según se decía, era de origen gitano; pero antes de nacer su hijo, se alistó en la marina de guerra como simple marinero, lo que colmó la repugnancia general que sus costumbres y su unión habían despertado. Al terminar la guerra de América, se corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se dedicaba al comercio en África, habiendo ganado buena reputación con sus proezas de fuerza y soltura para trepar, pero finalmente desapareció una noche, cuando su barco se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.
Con el hijo de Philip Jermyn, la ya reconocida peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal. Alto y bastante agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus proporciones físicas un tanto singulares, Robert Jermyn inició una vida de erudito e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa colección de reliquias que su abuelo demente había traído de África, haciendo célebre el apellido en el campo de la etnología y la exploración. En 1815, Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, con cuyo matrimonio recibió la bendición de tres hijos, el mayor y el menor de los cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y psíquicas. Abrumado por estas desventuras, el científico se refugió en su trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. En 1849, su segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parecía combinar el mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fugó con una vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un año después. Volvió a la mansión Jermyn, viudo, con un niño, Alfred, que sería con el tiempo padre de Arthur Jermyn.
Decían sus amigos que fue esta serie de desgracias lo que trastornó el juicio de Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa estaba tan sólo en ciertas tradiciones africanas. El maduro científico había estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio explorado por su abuelo y por él mismo, con la esperanza de explicar de alguna forma las extravagantes historias de Wade sobre una ciudad perdida, habitada por extrañas criaturas. Cierta coherencia en los singulares escritos de su antepasado sugería que la imaginación del loco pudo haber sido estimulada por los mitos nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visitó la mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un dios blanco. Durante su conversación, debió de proporcionarle sin duda muchos detalles adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, dada la espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente. Cuando Robert Jermyn salió de su biblioteca, dejó tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que consiguieran detenerlo, había puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos que no habían sido vistos jamás, y el que se había fugado. Nevil Jermyn murió defendiendo a su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba también, al parecer, en las locas maquinaciones del anciano. El propio Robert, tras repetidos intentos de suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo sonido articulado, murió de un ataque de apoplejía al segundo año de su reclusión.
Alfred Jermyn fue barón antes de cumplir los cuatro años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los veinte, se había unido a una banda de músicos, y a los treinta y seis había abandonado a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante americano. Su final fue repugnante de veras. Entre los animales del espectáculo con el que viajaba, había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo normal; era un animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los artistas de la compañía. Alfred Jermyn se sentía fascinado por este gorila, y en muchas ocasiones los dos se quedaban mirándose a los ojos largamente, a través de los barrotes. Finalmente, Jermyn consiguió que le permitiesen adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador aficionado. Los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» prefieren no hablar de lo que siguió. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que profirió Alfred, ni verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la garganta peluda. Había cogido al gorila desprevenido; pero éste no tardó en reaccionar; y antes de que el domador oficial pudiese hacer nada, el cuerpo que había pertenecido a un barón había quedado irreconocible.

II

Arthur Jermyn era hijo de Alfred Jermyn y de una cantante de music-hall de origen desconocido. Cuando el marido y padre abandonó a su familia, la madre llevó al niño a la Casa de los Jermyn, donde no quedaba nadie que se opusiera a su presencia. No carecía ella de idea sobre lo que debe ser la dignidad de un noble, y cuidó que su hijo recibiese la mejor educación que su limitada fortuna le podía proporcionar. Los recursos familiares eran ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de los Jermyn había caído en penosa ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que contenía. A diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Algunas de las familias de la vecindad que habían oído contar historias sobre la invisible esposa portuguesa de Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones suyas revelaban su sangre latina; pero la mayoría de las personas se burlaban de su sensibilidad ante la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, a la que no habían aceptado socialmente. La delicadeza poética de Arthur Jermyn era mucho más notable si se tenía en cuenta su tosco aspecto personal. La mayoría de los Jermyn había tenido una pinta sutilmente extraña y repelente; pero el caso de Arthur era asombroso. Es difícil decir con precisión a qué se parecía; no obstante, su expresión, su ángulo facial, y la longitud de sus brazos producían una viva repugnancia en quienes lo veían por primera vez.
La inteligencia y el carácter de Arthur Jermyn, sin embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanzó los más altos honores en Oxford y parecía destinado a restituir la fama de intelectual a la familia. Aunque de temperamento más poético que científico, proyectaba continuar la obra de sus antepasados en arqueología y etnología africanas, utilizando la prodigiosa aunque extraña colección de Wade. Llevado de su mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilización prehistórica en la que el explorador loco había creído absolutamente, y tejía relato tras relato en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las últimas y más extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una atroz y desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño sentimiento, mezcla de terror y atracción, al especular sobre el posible fundamento de semejante fantasía, y tratar de extraer alguna luz de los datos recogidos por su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.
En 1911, después de la muerte de su madre, Arthur Jermyn decidió proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendió parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una expedición y zarpó con destino al Congo. Contrató a un grupo de guías con ayuda de las autoridades belgas, y pasó un año en las regiones de Onga y Kaliri, donde descubrió muchos más datos de lo que él se esperaba. Entre los kaliri había un anciano jefe llamado Mwanu que poseía no sólo una gran memoria, sino un grado de inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Este anciano confirmó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído contar.
Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hacía muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y matar a todos los seres vivientes, se había llevado a la diosa disecada que había sido el objeto de la incursión: la diosa-mono blanca a la que adoraban los extraños seres, y cuyo cuerpo atribuían las tradiciones del Congo a la que había reinado como princesa entre ellos. Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo formarse una opinión clara; sin embargo, después de numerosas preguntas, consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.
La princesa-mono, se decía, se convirtió en esposa de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más tarde, el dios y la princesa habían regresado; y a la muerte de ella, su divino esposo había ordenado momificar su cuerpo, entronizándolo en una inmensa construcción de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a marcharse solo. La leyenda presentaba aquí tres variantes. Según una de ellas, no ocurrió nada más, salvo que la diosa disecada se convirtió en símbolo de supremacía para la tribu que la poseyera. Éste era el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado de ella. Una segunda versión aludía al regreso del dios, y su muerte a los pies de la entronizada esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo, ya hombre -o mono, o dios, según el caso-, aunque ignorante de su identidad. Sin duda los imaginativos negros habían sacado el máximo partido de lo que subyacía debajo de tan extravagante leyenda, fuera lo que fuese.
Arthur Jermyn no dudó ya de la existencia de la ciudad que el viejo Wade había descrito; y no se extrañó cuando, a principios de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprobó que se habían exagerado sus dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no consiguió encontrar representaciones escultóricas, y lo exiguo de la expedición impidió emprender el trabajo de despejar el único pasadizo visible que parecía conducir a cierto sistema de criptas que Wade mencionaba. Preguntó a todos los jefes nativos de la región acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un europeo quien pudo ampliarle los datos que le había proporcionado el viejo Mwanu. Un agente belga de una factoría del Congo, M. Verhaeren, creía que podía no sólo localizar, sino conseguir también a la diosa momificada, de la que había oído hablar vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podría convencerlos para que se desprendiesen de la horrenda deidad de la que se habían apoderado. Así que, cuando Jermyn zarpó para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza de que, en espacio de unos meses, podría recibir la inestimable reliquia etnológica que confirmaría la más extravagante de las historias de su antecesor, que era la más disparatada de cuantas él había oído. Pero quizá los campesinos que vivían en la vecindad de la Casa de los Jermyn habían oído historias más extravagantes aún a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.
Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente interés los manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez más identificado con Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra, así como de sus hazañas africanas. Los relatos orales sobre la misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba tangible de su estancia en la Mansión Jermyn. Jermyn se preguntaba qué circunstancias pudieron propiciar o permitir semejante desaparición, y supuso que la principal debió de ser la enajenación mental del marido. Recordaba que se decía que la madre de su tatarabuelo fue hija de un comerciante portugués establecido en África. Indudablemente, el sentido práctico heredado de su padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, lo habían movido a burlarse de las historias que contaba Wade sobre el interior; y eso era algo que un hombre como él no debió de olvidar. Ella había muerto en África, adonde sin duda su marido la llevó a la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada vez que Jermyn se sumía en estas reflexiones, no podía por menos de sonreír ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de sus extraños antecesores.
En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaeren en la que le notificaba que había encontrado la diosa disecada. Se trataba, decía el belga, de un objeto de lo más extraordinario; un objeto imposible de clasificar para un profano. Sólo un científico podía determinar si se trataba de un simio o de un ser humano; y aun así, su clasificación sería muy difícil dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de aficionados, como parecía ocurrir en este caso. Alrededor del cuello de la criatura se había encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a quien debieron de arrebatárselo los n’bangus para colgárselo a la diosa en el cuello, a modo de talismán. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hacía una fantástica comparación; o más bien aludía con humor a lo mucho que iba a sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada, anunciaba, llegaría debidamente embalada, un mes después de la carta.
El envío fue recibido en Casa de los Jermyn la tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran sala que alojaba la colección de ejemplares africanos, tal como fueran ordenados por Robert y Arthur. Lo que sucedió a continuación puede deducirse de lo que contaron los criados, y de los objetos y documentos examinados después. De las diversas versiones, la del mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la más amplia y coherente. Según este fiel servidor, Arthur ordenó que se retirase todo el mundo de la habitación, antes de abrir la caja; aunque el inmediato ruido del martillo y el escoplo indicaron que no había decidido aplazar la tarea. Durante un rato no se escuchó nada más; Soames no podía precisar cuánto tiempo; pero menos de un cuarto de hora después, desde luego, oyó un horrible alarido, cuya voz pertenecía inequívocamente a Jermyn. Acto seguido, salió Jermyn de la estancia y echó a correr como un loco en dirección a la entrada, como perseguido por algún espantoso enemigo. La expresión de su rostro -un rostro bastante horrible ya de por sí- era indescriptible. Al llegar a la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio media vuelta, echó a correr y desapareció finalmente por la escalera del sótano. Los criados se quedaron en lo alto mirando estupefactos; pero el señor no regresó. Les llegó, eso sí, un olor a petróleo. Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el sótano con el patio; y el mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur Jermyn, todo reluciente de petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que rodeaba la casa. Luego, en una exaltación de supremo horror, presenciaron todos el final. Surgió una chispa en el páramo, se elevó una llama, y una columna de fuego humano alcanzó los cielos. La estirpe de los Jermyn había dejado de existir.
La razón por la que no se recogieron los restos carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos está en lo que encontraron después; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constituía una visión nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades registradas e infinitamente más próximo al ser humano... asombrosamente próximo. Su descripción detallada resultaría sumamente desagradable; pero hay dos detalles que merecen mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas notas de Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con 1as leyendas congoleñas sobre el dios blanco y la princesa-mono. Los dos detalles en cuestión son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la jocosa alusión de M. Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con vívido, espantoso e intenso horror, nada menos que al del sensible Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de Antropología quemaron aquel ser, arrojaron el relicario a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jamás.

lunes, 20 de febrero de 2012

Los gatos de Ulthar (1920), cuento de H.P. Lovecraft



 Se dice que en Ulthar, que se alza más allá del río Skai, a ningún hombre le está permitido el matar un gato; y eso es algo que puedo muy bien creer cuando contemplo al que se enrosca ronroneando ante el fuego. Ya que el gato es un ser críptico, y está cerca de cosas extrañas que resultan invisibles para el hombre. Es el alma del viejo Egipto, el portador de cuentos sobre las olvidadas ciudades de Meros y Ofir. Es de la estirpe de los señores de la jungla y heredero de los secretos del África antigua y siniestra. La esfinge es su prima, y el gato habla su lenguaje; aunque el primero es más viejo que la segunda y recuerda cuanto ella ha olvidado.
En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa, y disfrutaban tendiendo trampas y dando muerte a los gatos de sus vecinos. Por qué lo hacían no se sabe, excepto que hay quien aborrece los maullidos de los gatos durante la noche, y le enferma que merodeen por patios y jardines durante el crepúsculo. Pero, por lo que fuese, ese anciano y su mujer gozaban atrapando y matando a cualquier gato que se aproximara a su chabola; y a juzgar por algunos de los sonidos que se oían tras la caída de la noche, algunos ciudadanos suponían que el medio de muerte empleado debía ser sumamente peculiar. Pero la gente no discutía tales cosas con el viejo y su esposa; tanto por la expresión que se leía habitualmente en sus rostros marchitos como por el hecho de que su casa fuera tan pequeña y estuviera tan oculta en la oscuridad, bajo corpulentos robles, al fondo de un patio descuidado.
Realmente, por mucho que los propietarios de gatos odiaran a esa gente extraña, aún los temían más, y en vez de encararlos como asesinos brutales se limitaban a cuidarse de que sus queridas mascotas, o sus cazadores de ratones pudieran extraviarse por la alejada chabola bajo los oscuros árboles. Cuando a causa de algún descuido inevitable se perdía un gato, y aquellos sonidos se alzaban en la oscuridad, el damnificado podía lamentarse impotente o consolarse dando gracias a la suerte de que no se tratase de uno de sus hijos el perdido, ya que la gente de Ulthar era sencilla y no conocía el origen de los gatos.
Un día, una caravana de extraños vagabundos del sur penetró en las estrechas calles adoquinadas de Ulthar. Oscuros viajeros eran, distintos a las demás gentes errabundas que pasaban por el pueblo un par de veces al año. En la plaza del mercado leían el porvenir a cambio de plata y compraban hermosas baratijas a los comerciantes. Nadie sabría decir cuál era la tierra natal de esos viajeros; pero se les había visto rezar extrañas plegarias y los costados de sus carros estaban decorados con exóticas figuras de cuerpo humano y cabezas de gatos, halcones, carneros y leones. Y el jefe de la caravana lucía un tocado con dos cuernos y un curioso disco entre ambos. En esa pintoresca caravana figuraba un muchachito sin padre ni madre, con tan sólo un diminuto gatito a su cargo. La plaga no había sido benévola con él, aun cuando le había dejado esa pequeña cosa peluda para consolarse en su pena; y cuando uno es muy joven puede encontrar gran alivio en las vivaces trastadas de un gatito negro. Así que el niño a quien el pueblo oscuro llamaba Menes sonreía más a menudo de lo que lloraba al sentarse jugando con su gracioso minino en los peldaños de un carro exóticamente decorado. La tercera mañana de estancia de los trotamundos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gato; y mientras sollozaba a solas en la plaza del mercado, algunos lugareños le hablaron del anciano y su esposa, así como de los sonidos que se oían durante la noche. Y cuando escuchó tales cosas, el sollozo dejó paso a la reflexión, y finalmente a un ruego. Tendió sus brazos hacia el sol y oró en una lengua que los ciudadanos no podían entender; aunque tampoco se cuidaron demasiado de comprenderla, ya que su atención estaba mayormente vuelta al cielo y a las extrañas formas que iban tomando las nubes. Resultaba muy curioso, porque según el muchachito hubo completado su petición, parecieron formarse sobre las cabezas las sombrías, nebulosas formas de seres exóticos; de híbridas criaturas coronadas con discos flanqueados por cuernos. La naturaleza es pletórica en tales ilusiones, listas para impresionar a los imaginativos.

 
Esa noche los vagabundos abandonaron Ulthar y nunca volvieron a ser vistos. Y los lugareños se vieron turbados al advertir que en todo el pueblo no podía encontrarse un solo gato. El familiar gato había desaparecido de cada hogar; gatos grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos. El viejo Kranón, el burgomaestre, juraba que el pueblo oscuro se los había llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo tanto a la caravana como al mozuelo. Pero Nith, el enjuto notario, aventuró que el viejo campesino y su mujer resultaban más sospechosos, ya que su aversión a los gatos era de sobra conocida, y cada vez parecía más audaz. No obstante, nadie osó quejarse a la siniestra pareja, aun cuando el pequeño Atal, el hijo del ventero, juró haber visto al crepúsculo a todos los gatos de Ulthar en ese maldito patio bajo los árboles, desfilando lenta y solemnemente en círculo alrededor de la choza, de a dos, como ejecutando algún desconocido rito de las bestias. Las gentes no sabían si prestar atención a alguien tan pequeño; y aunque temían que la maligna pareja hubiera embrujado a los gatos para matarlos, prefirieron no encararse con el viejo campesino hasta que pudieran pillarle fuera de su oscuro y repulsivo patio.
Así que todo Ulthar se acostó lleno de rabia impotente; y cuando la gente despertó al alba... ¡miren! ¡Cada gato había vuelto a su hogar! Grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos, ninguno se había perdido. Los gatos aparecían muy gordos y lustrosos, atronando de ronroneos satisfechos. Los ciudadanos hablaban entre sí sobre el asunto, no poco maravillados. De nuevo, el viejo Kranón insistió en que habían sido retenidos por el pueblo oscuro, ya que no hubieran regresado vivos de la choza del viejo y su mujer.         Pero todos estaban de acuerdo en algo: en que la renuncia de los gatos a comer sus raciones de carne o beber sus platillos de leche resultaba sumamente curioso. Y durante dos días completos, los lustrosos, los perezosos gatos de Ulthar no tocaron su comida, limitándose a dormitar junto al fuego o al sol.
Transcurrió una semana completa antes de que los pueblerinos se percataran de que no se encendían luces tras las polvorientas ventanas de la choza bajo los árboles. Entonces el enjuto Nith apostilló con que nadie había visto al viejo o a su mujer desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana más tarde, el burgomaestre decidió sobreponerse a sus miedos y acudir, como a un deber, a la morada extrañamente silenciosa; aunque tomó la precaución de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el picapedrero a modo de testigos. Y cuando hubieron echado abajo la endeble puerta, tan sólo hallaron esto: dos esqueletos humanos, mondos y lirondos, sobre el suelo de tierra, así como gran número de curiosos escarabajos escabulléndose por los rincones en sombras. Subsecuentemente, hubo muchas discusiones entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largo tiempo con Nith, el enjuto notario; y Kranón y Shang y Thul fueron acosados a preguntas. Incluso Atal, el hijo del ventero, fue interrogado a fondo y recibió una golosina a modo de recompensa. Se habló del viejo campesino y de su esposa, de la caravana de oscuros vagabundos, del pequeño Menes y su gatito negro, de la plegaria de Menes y del cielo durante tal oración, de lo que hicieron los gatos la noche de la partida de la caravana, y de lo que más tarde fue hallado en la choza bajo los árboles oscuros en aquel patio repulsivo.           
Y por fin los lugareños aprobaron esa señalada ley que es comentada por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir; a saber, que en Ulthar nadie puede matar a un gato.

El templo (1920), cuento de H. P. Lovecraft



Yo, Karl Heinrich Graf von Altberg-Ehrenstein, capitán de corbeta de la Armada Imperial Alemana y al mando del submarino U-29, el día 20 de agosto de 1917, deposito esta botella y este informe en el océano Atlántico, en una situación que me es desconocida, pero que probablemente ronda los 20° de latitud norte y los 35° de longitud oeste, donde mi nave yace averiada en el fondo del océano. Llevo esto a cabo porque es mi deseo dar a la luz pública ciertos hechos insólitos; dado que seguramente no sobreviviré para entregar en persona estas noti­cias, ya que las circunstancias que concurren en torno a mí son tan amenazadoras como extraordinarias, e incluyen no sólo la avería fatal del U-29, sino incluso el flaquear de mi férrea volun­tad germánica en una forma de lo más desastrosa.
En la tarde del 18 de junio, tal y como comunicamos por radio al U-61, que se dirigía a Kiel, torpedeamos al carguero británico Victory, que se dirigía de Nueva York a Liverpool, en latitud 45° 1G norte y longitud 28° 34' oeste, permitiendo a la tripulación embarcar en sus botes para obtener una buena fil­mación con destino a los archivos del Almirantazgo. El barco se hundió de forma bastante teatral, a pique por la proa, con la popa alzándose sobre las aguas hasta que todo el casco enfiló perpendicularmente hacia el fondo del mar. Nuestra cámara no perdió detalle, y me pesa que una película tan buena no pueda llegar a Berlín. Después hundimos a cañonazos los botes salvavi­das y nos sumergimos.
Cuando emergimos, al ocaso, descubrimos el cuerpo de un marino en cubierta, aferrándose de una forma curiosa a la barandilla. El pobre hombre era joven, bastante moreno y muy agraciado; seguramente griego o italiano, y con certeza tripu­lante del Victory. Sin duda había buscado refugio en la misma nave que se había visto forzada a destruir la suya... una víctima más de la injusta guerra de agresión que los malditos perros ingleses llevan a cabo contra la patria. Nuestros hombres le registraron en busca de recuerdos y hallaron en su bolsillo una pieza de marfil sumamente extraña, tallada en forma de una cabeza juvenil coronada de laureles. El otro comandante, el teniente' Klenze, creía que aquello era muy antiguo y de gran valor artístico, por lo que se apropió de ella. Cómo había podido llegar a las manos de un vulgar marinero era algo que ninguno de los dos podía imaginar.
Al arrojar al muerto por la borda tuvieron lugar dos inci­dentes que perturbaron grandemente a la tripulación. Los hom­bres le habían cerrado los ojos, pero, al desprenderlo de la barandilla, éstos se abrieron, y muchos sufrieron la extraña ilusión de que miraban fijamente y en son de burla a Schmidt y Zimmer, que se hallaban inclinados sobre el cadáver. El contra­maestre Müller, un hombre de edad al que le habría ido mejor de no ser un supersticioso rufián alsaciano, se alteró tanto por la impresión que estuvo observando el cuerpo en el agua, y jura que, tras sumergirse algo, colocó los brazos en la posición del nadador y se impulsó bajo las aguas hacia el sur. Tanto a Klenze como a mí nos desagradaron tales muestras de ignorancia cam­pesina, y reprendimos severamente a los hombres, sobre todo a Müller.
Al día siguiente se creó un verdadero problema debido a la indisposición de varios miembros de la tripulación. Evidente­mente, se veían aquejados por algún tipo de tensión nerviosa provocada por nuestro largo periplo, y habían sufrido malos sueños. Varios de ellos parecían aturdidos y obnubilados; y tras cerciorarme que ninguno de ellos fingía su debilidad, les relevé de sus funciones. El mar se hallaba bastante picado, así que bajamos a una profundidad donde las olas nos resultaran un problema menor. Allí permanecimos en una calma relativa, a pesar de la aparición de alguna corriente misteriosa de rumbo sur que no pudimos encontrar en nuestras cartas. Los gemidos de los enfermos resultaban positivamente fastidiosos, pero ya que no parecían desmoralizar al resto de la tripulación, nos abs­tuvimos de tomar medidas drásticas. Teníamos la intención de permanecer en aquella posición e interceptar al buque de línea Dacia, consignado en la información recibida de nuestros agen­tes de Nueva York.
A primera hora de la tarde salimos a la superficie y descubri­mos la mar menos gruesa. El humo de un buque de guerra flo­taba en el horizonte norte, pero la distancia a la que nos hallába­mos y nuestra capacidad de inmersión nos mantenían a salvo. Lo que más nos preocupaban eran las habladurías del contrama­estre Müller, que se hacían más estrafalarias al caer la noche. Se hallaba en un estado infantil, aborrecible, y farfullaba acerca de fantasías sobre cuerpos muertos flotando al otro lado de las por­tillas; cuerpos que le miraban fijamente, y que él, a pesar de lo hinchados que estaban, había reconocido por haberlos visto morir durante alguna de nuestras victoriosas hazañas germáni­cas. Y decía que su jefe era el joven hallado y arrojado al mar. Era algo grosero y anómalo, así que pusimos grilletes a Müller y mandamos que le dieran unos buenos latigazos. Los hombres no se mostraron muy conformes con tal castigo, pero la disciplina es fundamental. Incluso rechazamos la petición de un comité encabezado por el marinero Zimmer, que pedía que la curiosa cabeza tallada en marfil fuera arrojada al mar.
El 20 de junio, los marineros Bohm y Schmidt, que habían caído enfermos el día antes, se volvieron locos furiosos. Sentí que no hubiera ningún médico entre nuestros oficiales, ya que las vidas alemanas resultan preciosas, pero los constantes desva­ríos de ambos acerca de una terrible maldición eran de lo más dañino para la disciplina, así que hubimos de tomar una deci­sión severa. La tripulación encajó este hecho de forma sombría, aunque eso pareció apaciguar a Müller, que de ahí en adelante no volvió a dar problemas. Le liberamos por la tarde y volvió en silencio a sus ocupaciones.
La semana siguiente estuvimos todos muy nerviosos, espe­rando al Dacia. La tensión creció con la desaparición de Müller y Zimmer, que sin duda se suicidaron víctimas de los temores que parecían atormentarlos, aunque nadie los vio en el instante de saltar al mar. Yo me sentía relativamente contento de librarme de Müller, ya que aun su silencio había afectado negativamente a la tripulación. Todos parecían dados ahora al silencio, como albergando secretos temores. Muchos estaban enfermos, pero ninguno había enloquecido. El teniente Menze, crispado por la tensión, se alteraba ante cualquier minucia... como, por ejemplo, un banco de delfines que merodeaba en número cada vez mayor en torno a U-29, o la creciente intensidad de esa corriente sur que no aparecía en ninguna de nuestras cartas.
A la postre se hizo evidente que se nos había escapado com­pletamente el Dacia. Avatares así no son raros, y nos sentíamos más complacidos que defraudados, ya que ahora se nos orde­naba regresar a Wilhelmshaven. El mediodía del 28 de junio arrumbamos al noreste y, pese a algún enredo bastante cómico con la inaudita masa de delfines, nos pusimos en marcha.
La explosión en la sala de máquinas a las dos de la tarde nos pilló completamente desprevenidos. No se había descubierto ningún defecto de las máquinas o negligencia de los hombres; pero aun así, sin previo aviso, la nave se vio sacudida de punta a punta por una explosión colosal. El teniente Klenze se abalanzó hacia la sala de máquinas, descubriendo que el depósito de com­bustible y la mayor parte de la maquinaria estaba destrozada, asimismo los maquinistas Raabe y Schneider habían resultado muertos en el acto. En un instante nuestra situación se había vuelto crítica, ya que aunque los regeneradores químicos estaban intactos, y aunque podíamos usar los aparatos para emerger y sumergirnos, y abrir las escotillas mientras tuviéramos aire com­primido y batería, nos veíamos incapacitados para propulsarnos o pilotar el submarino. Buscar la salvación en los botes salvavi­das significaba ponernos a nosotros mismos en manos de ene­migos irracionalmente resentidos contra nuestra gran nación alemana, y nuestra radio había estado fallándonos desde que, debido al asunto del Victoria, nos pusimos en contacto con otro U-boat de la Armada Imperial.
Desde la hora del accidente hasta el 2 de julio derivamos constantemente hacia el sur, sin hacer ningún plan ni encontrar nave alguna. Los delfines todavía rodeaban el U-29, una cir­cunstancia digna de reseñar, habida cuenta de la distancia reco­rrida. En la mañana del 2 de julio avistamos un buque de guerra que enarbolaba colores estadounidenses, y los hombres se agitaron deseosos de rendirse. Al final, el teniente Klenze hubo de usar su arma contra un marinero llamado Traube que incitaba a tal acto antigermánico con especial virulencia. Eso apaciguó de momento a la tripulación y nos sumergimos sin ser avistados.
Durante la tarde siguiente, una gran bandada de aves mari­nas llegó desde el sur y el mar comenzó a tornarse amenazador. Cerrando escotillas, aguardamos acontecimientos hasta com­prender que debíamos sumergirnos o perecer entre las olas mon­tañosas. La electricidad y la presión de aire menguaba, e intentá­bamos evitar cualquier uso innecesario de nuestros escasos recursos mecánicos; pero en este caso no había opción. No baja­mos demasiado, y cuando la mar se calmó horas más tarde, decidimos retornar a la superficie. Aquí, no obstante, surgió un nuevo contratiempo, ya que la nave no respondió a nuestra guía, a pesar de todos los esfuerzos realizados por los mecánicos. Según cundía el pánico entre los hombres atrapados en esa pri­sión submarina, algunos de ellos comenzaron a murmurar con­tra la imagen de marfil del teniente Klenze, pero la visión de una pistola automática les aplacó. Tuvimos ocupados a los pobres diablos tanto como pudimos, trasteando entre la maqui­naria, aunque bien sabíamos que todo eso era inútil.
Klenze y yo solíamos turnarnos para dormir, y durante mi periodo de sueño, sobre las cinco de la mañana del 4 de julio, se desató abiertamente el motín. Los seis cerdos de marineros supervivientes, sospechando que estábamos perdidos, estallaron bruscamente en una furia maniaca, motivada por nuestro rechazo a rendirnos dos días antes al buque de guerra yanqui, y se sumieron en un delirio de improperios y destrucción. Rugían como los animales que eran, y rompían indiscriminadamente mobiliario e instrumental, vociferando sobre insensateces tales como la maldición de la imagen de marfil y el joven moreno muerto que nos miraba y se alejaba nadando. El teniente Klenze parecía paralizado e incapaz de respuesta, que es lo que cabría esperar de un renano blando y afeminado. Maté a los seis hom­bres, pues fue necesario, y me aseguré de que no sobreviviera ninguno.
Arrojamos los cuerpos a través de las escotillas dobles y nos quedamos a solas en el U-29. Klenze parecía muy nervioso y bebía en demasía. Yo estaba dispuesto a seguir con vida tanto como fuera posible, empleando el generoso depósito de provi­siones y el suministro químico de oxígeno, que no habían sufrido de las locas payasadas de aquellos malditos puercos de marineros. Nuestras agujas, barómetros y otros instrumentos de precisión estaban destruidos, por lo que de ahí en adelante cual­quier cálculo sería meramente estimado, basado en nuestros cro­nómetros, almanaques y la deriva estimada a juzgar por algunos objetos que podíamos atisbar a través de las troneras o desde la torreta. Por fortuna teníamos estibadas baterías capaces aún de largo uso, tanto por alumbrado interior como para empleo del foco. A menudo barríamos con éste alrededor de la nave, pero tan sólo veíamos delfines nadando paralelos a nuestro propio rumbo de deriva. Yo me sentía interesado desde el punto de vista científico en aquellos delfines, ya que aunque el Delphínus delphis común es un cetáceo incapaz de sobrevivir sin aire, observé durante cerca de dos horas a uno de esos nadadores y no lo vi abandonar en ningún momento su inmersión.
Con el tiempo, Klenze y yo llegamos a la conclusión de que seguíamos derivando hacia el sur, sumergiéndonos más y más. Reparando en la fauna y flora marinas, leímos mucho al res­pecto en los libros que yo me había llevado conmigo para los ratos de ocio. No pude evitar el observar, no obstante, la defi­ciente preparación científica de mi compañero. Su intelecto no era prusiano, sino dado a fantasías y especulaciones sin valor. La inminencia de nuestra muerte le afectaba de forma curiosa y con frecuencia hablaba arrepentido sobre los hombres, mujeres y niños que había enviado al fondo, olvidando que todo eso resulta noble para alguien que sirve al estado alemán. Al cabo comenzó a desvariar ostensiblemente, observando durante horas su imagen de marfil y tramando fantásticas historias acerca de cosas perdidas y olvidadas bajo el mar. A veces, a modo de expe­rimento psicológico, azuzaba tales desvaríos para escuchar sus interminables citas poéticas y relatos acerca de barcos hundidos. Lo sentía de veras, ya que aborrezco ver sufrir a un alemán, pero no resultaba una buena compañía para morir. Por mi parte me sentía orgulloso, sabedor de que la patria honraría mi memoria y que mis hijos serían educados para ser hombres como yo.
El 9 de agosto vislumbramos el suelo del océano y, con el foco, lanzamos sobre él un potente rayo. Se trataba de una vasta planicie ondulante, cubierta en su mayor parte de algas y salpi­cado por las conchas de pequeños moluscos. Aquí y allá había fangosos objetos de formas inquietantes, festoneados de algas e incrustados de percebes, que Klenze supuso antiguos buques hundidos. Algo lo alteró; un pico de sólida materia, sobresa­liendo del lecho del océano entorno a un metro, con alrededor de medio metro de ancho, lados planos y suaves superficies superiores que convergían en ángulo sumamente obtuso. Yo dije que aquel pico debía tratarse de un afloramiento rocoso, pero Klenze creía haber visto tallas en su superficie. Tras un momento comenzó a temblar y apartó la vista como si tuviese miedo, aun­que sin dar otra explicación de que se sentía sobrecogido ante las dimensiones, oscuridad, lejanía, antigüedad y misterio de los abismos oceánicos. Su cerebro estaba fatigado, pero yo soy siem­pre un alemán y no tardé en advertir dos cosas: una, que el U-29 aguantaba admirablemente la presión del mar, y otra que los peculiares delfines seguían en torno nuestro, incluso a una pro­fundidad donde la mayoría de los naturalistas consideran impo­sible la vida para organismo superiores. Parecía evidente que yo había sobrestimado nuestra profundidad, pero aun así estába­mos lo bastante abajo como para que aquel fenómeno resultara notable. Nuestra velocidad de deriva hacia el sur, según lo medía por el suelo del océano, era más o menos la estimada mediante los organismos con los que nos habíamos cruzado en niveles superiores.
A las tres y cuarto de la tarde del 12 de agosto, el pobre Klenze enloqueció completamente. Había estado en la torreta usando el reflector, antes de precipitarse en la biblioteca, donde yo estaba leyendo, y su rostro lo traicionó instantáneamente.
-¡Él nos llama! ¡Él nos llama! ¡Lo oigo! ¡Tenemos que acu­dir! -mientras hablaba cogió de la mesa la imagen de marfil, se la metió en el bolsillo y atenazó mi brazo en un intentó por arrastrarme escaleras arriba hasta la cubierta. En un momento comprendí que pretendía abrir la escotilla y lanzarse en mi com­pañía al exterior, una extravagancia suicida y asesina para la que yo no estaba preparado. Cuando retrocedí y traté de apaciguarlo se volvió aún más violento.

-Vamos ahora... no esperemos más; es mejor arrepentirse y lograr el perdón que desafiar y ser condenado.

Entonces yo abandoné el intento de calmarlo y lo acusé de estar loco... loco de atar. Pero él se mantuvo inconmovible y gri­taba:

-¡Si estoy loco, estoy de suerte! ¡Qué los dioses se apiaden del hombre que en su contumacia permanezca cuerdo hasta el fin! ¡Ven y enloquece ahora que él aún nos llama benevolente­mente!

Aquel exabrupto pareció aliviar una presión en su mente, ya que al terminar se tornó más comedido, pidiéndome que le dejase ir solo en caso de no querer acompañarle. Mi obligación resultaba clara. Era un alemán, pero tan sólo un renano y un plebeyo, y ahora se había convertido en un loco potencialmente peligroso. Accediendo a su petición suicida me libraría en el acto de alguien que era más bien amenaza que compañía. Le pedí que me cediera la imagen de marfil antes de marcharse, pero tal petición despertó en él una hilaridad tan desaforada que no me atreví a insistir. Entonces le pregunté si deseaba dejar algún recuerdo o un mechón de cabello con destino a su familia en Alemania, por si se daba el caso de que yo fuera rescatado, pero de nuevo prorrumpió en esa extraña risa. Así que mientras él subía la escalerilla, yo acudí a las palancas y, guardando el per­tinente intervalo, accioné la maquinaria que le envió a la muerte. Cerciorándome luego de que no se hallaba a bordo, dirigí el foco alrededor tratando de lograr un postrer vistazo, ya que deseaba comprobar si la presión del agua lo había aplastado, tal y como debiera teóricamente haber ocurrido, o si por el contra­rio el cuerpo no había sido afectado, tal y como sucedía con aquellos extraordinarios delfines. No logré, de todos modos, localizar a mi finado compañero, ya que los delfines se apeloto­naban en gran número en torno a la torreta.
Esa tarde lamenté no haber cogido subrepticiamente la ima­gen de marfil del bolsillo del pobre Klenze en el momento en que me dejó, ya que el recuerdo de aquélla me fascinaba. Aun cuando no soy de temperamento artístico, no podía olvidar la cabeza hermosa, juvenil, con su corona de hojas. Sentía bastante no tener con quien conversar. Klenze, aun no estando a mi altura intelectual, era mucho mejor que nada. Esa noche no dormí bien, y me preguntaba cuándo llegaría exactamente el fin. Desde luego, tenía muy pocas posibilidades de ser rescatado.
Al día siguiente subí a la torreta y comencé la observación de costumbre con el foco. Hacia el norte el panorama era simi­lar al de los cuatro días que habíamos tardado en alcanzar el fondo, pero noté que la deriva del U-29 resultaba menos rápida. Según paseaba el rayo por el sur, advertí que el suelo oceánico a proa tomaba un pronunciado declive y en algunos sitios apare­cían bloques de piedra curiosamente regulares, dispuesto como respondiendo a alguna planificación. La nave no bajaba paralela al fondo oceánico, por lo que me vi obligado a ajustar el foco para lograr un haz lo más estrecho posible. Debido a la rapidez del cambio se desconectó un cable, lo que obligó a una pausa de varios minutos mientras lo reparaba; pero al fin la luz se pro­yectó, inundando el valle marino que tenía debajo.
No soy dado a emociones de ninguna especie, pero mi asombro fue mayúsculo al contemplar lo que había desvelado el resplandor eléctrico. Y sin embargo, estando empapado de la mejor Kultur prusiana, no debí asombrarme, ya que la geología y la tradición nos hablan sobre tremendas conmociones en áreas oceánicas y continentales. Lo que yo vi resultaba una extensa y elaborada panorámica de edificios en ruinas, todos construidos en una arquitectura magnífica aunque inclasificable, y en diver­sos estadíos de conservación. La mayor parte parecía de mármol, resplandeciendo blanquecino bajo los rayos del proyector, y el plano general resultaba el de una gran ciudad al fondo de un valle angosto, con gran número de templos y villas diseminados por las escarpadas laderas. Los tejados estaban caídos y las columnas rotas, pero aún conservaban un aire de esplendor inmemorialmente antiguo que nada podía opacar.
Enfrentado al fin con esa Atlántida que yo previamente con­sideraba un mito total, ahora era el más ávido de los explorado­res. Alguna vez hubo un río en el fondo de ese valle, ya que mientras examinaba con más detenimiento el lugar, pude ver restos de puentes y diques de piedra y mármol, así como terrazas y terraplenes que una vez fueran verdes y gratos. En mi entu­siasmo me volví casi tan tonto como el pobre Klenze y tardé un rato en advertir que la corriente de rumbo sur había por fin cesado, permitiendo al U-29 bajar lentamente sobre la ciudad submarina, tal y como un aeroplano desciende sobre una ciudad en las tierras emergidas. También tardé en percatarme de que el banco de insólitos delfines se había esfumado.
En un par de horas la nave fue a descansar sobre una plaza pavimentada cerca de la pared rocosa del valle. A un lado podía ver toda la ciudad descendiendo desde la plaza a la antigua orilla del río; al otro lado, en una sobrecogedora proximidad, descubrí la fachada ricamente ornamentada y en perfecto estado de con­servación de un gran edificio, sin duda un templo excavado en roca viva. Tan sólo puedo conjeturar sobre la factura originaria de esa titánica construcción. La fachada, de inmensas dimensio­nes, cubre aparentemente una gran oquedad, ya que sus venta­nas son multitud y están dispuestas por todos lados. En el cen­tro bosteza un gran pórtico, al que se accede mediante una imponente escalinata, y se halla circundado por exquisitas tallas, semejantes a escenas de bacanales en relieve. Ante ellos se encuentran grandes columnas y frisos, ambos decorados con esculturas de belleza inexplicable, obviamente representando idílicas escenas pastorales y procesiones de sacerdotes y sacerdo­tisas portando extraños objetos ceremoniales en honor de un dios radiante. El arte es de la más asombrosa perfección, con concepciones impregnadas de helenismo, aunque curiosamente particulares. Emana una sensación de antigüedad tremenda, como si se tratase del más remoto y no del más cercano antece­sor del arte griego. No tengo ninguna duda de que cada detalle de este masivo edificio fue labrado en la roca viva de nuestro planeta en la ladera de la colina. Es evidentemente parte de la muralla del valle, aunque cómo pudo ser el inmenso interior alguna vez excavado no puedo ni imaginarlo. Quizás su núcleo estuviese formado por una caverna o por una serie de ellas. Ni la edad ni su estado sumergido han corroído la prístina belleza de este sobrecogedor templo, ya que de un templo debe tratarse, y hoy, tras miles de años, reposa con todo su lustre e inviolado y en la noche y el silencio sin fin del abismo oceánico.
No puedo precisar el número de horas empleadas en la observación de la ciudad sumergida con sus edificios, arcos, estatuas y puentes, y el templo colosal repleto de belleza y miste­rio. Aunque sabía a la muerte próxima, me consumía la curiosidad, y paseaba alrededor el rayo del proyector en ansiosa bús­queda. El haz de luz me permitió llegar a conocer multitud de detalles, pero no pudo mostrarme nada más allá de la puerta tras la bostezante entrada al templo abierto en la roca, y al cabo del tiempo corté la corriente, sabedor de que necesitaba ahorrar energía.
Los rayos resultaban ahora perceptiblemente más débiles de lo que fueran durante las semanas de deriva. Mi deseo de explorar los misterios acuáticos iba en aumento, como aguzado por la creciente atenuación de la luz. ¡Yo, un alemán, debía ser el pri­mero en adentrarme en aquellos caminos olvidados por el tiempo!
Extraje y revisé una escafandra de profundidad, realizada en metal articulado, y probé la luz portátil y el regenerador de aire. Aunque resultaría problemático manipular a solas las dobles escotillas, me creía capaz de sobrepasar cualquier obstáculo gra­cias a mi capacidad científica, y caminar realmente en persona por la ciudad muerta.
El 16 de agosto efectué una salida del U-29 y me abrí paso dificultosamente a través de las calles llenas de ruinas y fango hacia el antiguo río. No descubrí esqueletos ni restos humanos, pero recogí un tesoro de saber arqueológico en forma de escul­turas y monedas. De todo esto no puedo hablar ahora, excepto para proclamar mi temor ante una cultura que se hallaba en la cúspide de la gloria cuando los cavernícolas vagaban por Europa y el Nilo corría inexplorado hacia el mar. Otros, de la mano de este manuscrito, si finalmente llega a ser encontrado, podrán desvelar misterios que yo tan sólo alcanzo a vislumbrar. Volví a la nave cuando mis baterías eléctricas comenzaron a flaquear, resuelto a explorar el templo de piedra al día siguiente.
El 17, cuando mi impulso de penetrar en el misterio del templo se hacía más y más acuciante, sufrí una enorme decep­ción, ya que descubrí que los materiales necesarios para recargar la luz portátil habían resultado destruidos durante el motín de aquellos puercos, en julio. Mi indignación no conoció límites, aunque mi sensatez alemana me precavía contra aventurarme sin medios en un interior completamente a oscuras que podía resultar la madriguera de cualquier indecible monstruo marino o un laberinto de corredores de entre cuyos recovecos nunca lograría salir. Todo cuanto podía hacer era volver el vacilante foco del U-29 y a su luz subir los peldaños del templo y estudiar las tallas exteriores. El haz de luz entraba por la puerta en ángulo ascendente, y yo escudriñé esperando atisbar algo, pero todo fue en vano. Ni siquiera el techo era visible, y aunque subí un peldaño o dos hacia el interior tras probar con un bastón el suelo, no me atreví a continuar. Además, por primera vez en mi vida experimenté esa emoción llamada miedo. Comencé a com­prender cómo se habían desatado algunos de los estados de ánimo del pobre Klenze, ya que mientras el templo parecía reclamarme más y más, empecé a temer sus acuosos abismos con creciente terror ciego. De vuelta al submarino, apagué las luces y me senté a meditar en la oscuridad. Debía preservar ahora la electricidad para las emergencias.
El sábado 18 lo pasé en total oscuridad, atormentado por pensamientos y recuerdos que amenazaban con vencer mi ger­mánica voluntad. Klenze se había vuelto loco y había muerto antes de alcanzar ese siniestro resto de un pasado inconcebible­mente remoto, y me había instado a marchar con él. ¿Había, en efecto, preservado el Destino mi razón sólo para arrastrarme irremisiblemente a un fin más temible e inconcebible de lo que cualquier hombre pudiera soñar? Claramente, mis nervios esta­ban sometidos a una gran tensión, y yo debía librarme de esas aprensiones propias de un hombre más débil.
No pude dormir durante la noche del sábado y encendí las luces sin pensar en el porvenir. Resultaba deplorable que la elec­tricidad no fuese a durar tanto como el aire y las provisiones. Retomé mis ideas de suicidio y revisé mi pistola automática. Hacia la mañana debí dormirme con las luces encendidas, ya que cuando desperté ayer en la oscuridad fue para encontrarme con las baterías agotadas. Encendí varias cerillas, una tras otra, y lamenté desesperado la imprevisión que me había llevado a mal­gastar las pocas velas que portábamos.
Tras apagarse la última vela que me atreví a gastar, me senté en completa inmovilidad, sin luces. Mientras reflexionaba sobre el inevitable fin, mi cabeza volvía a los sucesos previos, y caí en algo hasta ahora inadvertido que hubiera hecho temblar a un hombre más débil y supersticioso. La cabeza del dios radiante de las esculturas del templo de piedra es la misma que la de la pieza tallada en marfil que tenía el marinero recogido del mar y que el pobre Klenze se llevó de vuelta consigo al mar.
Me sentía un poco estremecido ante tal coincidencia, pero no aterrado. Tan sólo el pensador de inferior categoría se apre­sura a explicar lo singular y lo complicado mediante el primitivo atajo hacia lo sobrenatural. La coincidencia resultaba extraña, pero yo estaba demasiado hecho al raciocinio como para conec­tar circunstancias que no admitían un nexo lógico, o asociar de alguna extraordinaria manera los desastrosos sucesos que me habían llevado desde el asunto del Victoria a mi estado actual. Sintiéndome necesitado de sueño, tomé un sedante y me ase­guré un poco más de sueño. Mi estado nervioso quedó de mani­fiesto en mis sueños, ya que creí escuchar gritos de gente aho­gándose y ver rostros muertos apretujados contra las troneras de la nave. Y entre esos rostros muertos se encontraba el semblante vivo, burlón, del joven de la imagen de marfil.
Debo cuidar las anotaciones que registran mi despertar de hoy, ya que estoy trastornado y debe haber gran cantidad de alu­cinación entremezclada con los hechos. Mi caso resulta de lo más interesante desde el punto de vista psicológico, y lamento no poder ser sometido a observación por parte de la autoridad alemana competente. Al abrir los ojos mi primera sensación fue la de un invencible deseo de visitar el templo de piedra, un ansia que crecía a cada instante, aunque automáticamente yo trataba de resistirme mediante las emociones de miedo que obraban en contra. Luego tuve la impresión de una luz en medio de aquella oscuridad causada por las baterías consumidas, y creí ver una especie de resplandor fosforescente en el agua a través del porti­llo que se abría hacia el templo. Eso despertó mi curiosidad, ya que yo no sabía de ningún organismo abisal capaz de emitir tal luminiscencia. Pero antes de poder investigar me llegó una ter­cera impresión que, a causa de su irracionalidad, me provoca serias dudas sobre la objetividad que cualquier cosa que puedan registrar mis sentidos. Era una ilusión aural, una sensación de sones rítmicos y melodiosos, como una especie de cántico o himno coral salvaje, aunque agradable. Convencido de mi abe­rración psicológica y nerviosa, encendí algunas cerillas y tomé una exorbitante cantidad de solución de bromuro sódico, que pareció calmarme hasta el punto de disipar la ilusión de sonido. Pero persistía la fosforescencia y tuve dificultades para contener el pueril impulso de acercarme a la portilla y buscar su fuente. Resultaba horriblemente real y pronto pude descubrir con su ayuda los objetos familiares que me rodeaban, así como el vaso vacío del bromuro sódico, del que no tenía ni previa impresión visual ni idea sobre su posición actual. Esta última circunstancia me hizo reflexionar y crucé la estancia para tocar el vaso. Se hallaba en efecto en el lugar donde me parecía verlo. Ahora ya sabía que la luz era lo bastante real o parte de una alucinación tan fija y persistente que no podía esperar que se esfumase, así que abandonando toda reticencia subí a la torreta para buscar la fuente luminosa. ¿Sería quizás otro U-boat, brindándome una posibilidad de rescate?
Es comprensible que el lector no acepte nada de cuanto sigue como verdad objetiva, ya que los hechos suponen una transgresión de la ley natural, siendo necesariamente creaciones subjetivas e irreales de mi mente trastornada. Cuando llegué a la torreta, descubrí que el mar estaba en un estado muy apartado de la luminosidad que yo esperaba. No había fosforescencia ani­mal o vegetal en las cercanías, y la ciudad, bajando hasta el río, resultaba invisible en la oscuridad. Lo que vi no era espectacular, ni grotesco o terrorífico, pero ahuyentó el último vestigio de confianza en mi propio raciocinio, ya que la puerta del templo submarino abierto en la colina rocosa se veía brillantemente alum­brada con un resplandor titilante, como el de una gran llama cere­monial encendida en sus profundidades.
Los sucesos posteriores resultan caóticos. Mientras contem­plaba las puertas y ventanas tan extraordinariamente iluminadas, comencé a sufrir las más extravagantes visiones... visiones tan extravagantes que no me atrevo ni aun a consignarlas. Creí dis­cernir objetos en el templo -objetos tanto estáticos como en movimiento-, y me pareció escuchar de nuevo el irreal cántico que flotaba a mi alrededor al despertar. Y por encima de todo se alzaban pensamientos e imágenes centrados en el joven del mar y la imagen marfileña cuya talla se veía duplicada en los frisos y columnas del templo que tenía ante los ojos. Pensé en el pobre Klenze, y me pregunté si su cuerpo descansaría con la imagen que se llevó al mar. Él me había prevenido contra algo y yo no le había prestado atención... ya que era un palurdo renano que se volvía loco ante problemas que un prusiano era capaz de afron­tar sin dificultad.
El resto es muy sencillo. Mi impulso de ir y penetrar el tem­plo se ha convertido ahora en una orden imperiosa e inexplica­ble que ya no puedo desobedecer. Mi propia voluntad germá­nica no basta ya para controlar mis actos, y la elección, en ade­lante, tan sólo será posible en asuntos menores. Tal locura es la que condujo a Menze a la muerte, acudiendo a cabeza descu­bierta y sin protección al océano; pero yo soy un prusiano y un hombre cabal, y utilizaré hasta el fin la poca voluntad que me resta. Al comprender que debía marcharme, preparé escafandra, casco y regenerador de aire para un uso inmediato, y al instante comencé a escribir esta crónica apresurada con la esperanza de que algún día pueda llegar al mundo. Guardaré el manuscrito en una botella y la confiaré al mar al abandonar para siempre el U-29.
No tengo miedo de nada, ni siquiera de las profecías del enloquecido Klenze. Lo que he visto no puede ser real, y sé que este trastorno de mi propia voluntad tan sólo puede llevarme a la muerte por asfixia una vez se me agote el aire. La luz del tem­plo es una completa ilusión y moriré sosegadamente, como un alemán, en las oscuras y olvidadas profundidades. Esa risa demoníaca que escucho mientras escribo procede únicamente de mi propio cerebro debilitado. Así que me colocaré meticulo­samente la escafandra y ascenderé resuelto los peldaños que con­ducen a ese santuario primigenio, ese silencioso enigma de la aguas insondadas y los años olvidados.