lunes, 20 de febrero de 2012

Los gatos de Ulthar (1920), cuento de H.P. Lovecraft



 Se dice que en Ulthar, que se alza más allá del río Skai, a ningún hombre le está permitido el matar un gato; y eso es algo que puedo muy bien creer cuando contemplo al que se enrosca ronroneando ante el fuego. Ya que el gato es un ser críptico, y está cerca de cosas extrañas que resultan invisibles para el hombre. Es el alma del viejo Egipto, el portador de cuentos sobre las olvidadas ciudades de Meros y Ofir. Es de la estirpe de los señores de la jungla y heredero de los secretos del África antigua y siniestra. La esfinge es su prima, y el gato habla su lenguaje; aunque el primero es más viejo que la segunda y recuerda cuanto ella ha olvidado.
En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa, y disfrutaban tendiendo trampas y dando muerte a los gatos de sus vecinos. Por qué lo hacían no se sabe, excepto que hay quien aborrece los maullidos de los gatos durante la noche, y le enferma que merodeen por patios y jardines durante el crepúsculo. Pero, por lo que fuese, ese anciano y su mujer gozaban atrapando y matando a cualquier gato que se aproximara a su chabola; y a juzgar por algunos de los sonidos que se oían tras la caída de la noche, algunos ciudadanos suponían que el medio de muerte empleado debía ser sumamente peculiar. Pero la gente no discutía tales cosas con el viejo y su esposa; tanto por la expresión que se leía habitualmente en sus rostros marchitos como por el hecho de que su casa fuera tan pequeña y estuviera tan oculta en la oscuridad, bajo corpulentos robles, al fondo de un patio descuidado.
Realmente, por mucho que los propietarios de gatos odiaran a esa gente extraña, aún los temían más, y en vez de encararlos como asesinos brutales se limitaban a cuidarse de que sus queridas mascotas, o sus cazadores de ratones pudieran extraviarse por la alejada chabola bajo los oscuros árboles. Cuando a causa de algún descuido inevitable se perdía un gato, y aquellos sonidos se alzaban en la oscuridad, el damnificado podía lamentarse impotente o consolarse dando gracias a la suerte de que no se tratase de uno de sus hijos el perdido, ya que la gente de Ulthar era sencilla y no conocía el origen de los gatos.
Un día, una caravana de extraños vagabundos del sur penetró en las estrechas calles adoquinadas de Ulthar. Oscuros viajeros eran, distintos a las demás gentes errabundas que pasaban por el pueblo un par de veces al año. En la plaza del mercado leían el porvenir a cambio de plata y compraban hermosas baratijas a los comerciantes. Nadie sabría decir cuál era la tierra natal de esos viajeros; pero se les había visto rezar extrañas plegarias y los costados de sus carros estaban decorados con exóticas figuras de cuerpo humano y cabezas de gatos, halcones, carneros y leones. Y el jefe de la caravana lucía un tocado con dos cuernos y un curioso disco entre ambos. En esa pintoresca caravana figuraba un muchachito sin padre ni madre, con tan sólo un diminuto gatito a su cargo. La plaga no había sido benévola con él, aun cuando le había dejado esa pequeña cosa peluda para consolarse en su pena; y cuando uno es muy joven puede encontrar gran alivio en las vivaces trastadas de un gatito negro. Así que el niño a quien el pueblo oscuro llamaba Menes sonreía más a menudo de lo que lloraba al sentarse jugando con su gracioso minino en los peldaños de un carro exóticamente decorado. La tercera mañana de estancia de los trotamundos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gato; y mientras sollozaba a solas en la plaza del mercado, algunos lugareños le hablaron del anciano y su esposa, así como de los sonidos que se oían durante la noche. Y cuando escuchó tales cosas, el sollozo dejó paso a la reflexión, y finalmente a un ruego. Tendió sus brazos hacia el sol y oró en una lengua que los ciudadanos no podían entender; aunque tampoco se cuidaron demasiado de comprenderla, ya que su atención estaba mayormente vuelta al cielo y a las extrañas formas que iban tomando las nubes. Resultaba muy curioso, porque según el muchachito hubo completado su petición, parecieron formarse sobre las cabezas las sombrías, nebulosas formas de seres exóticos; de híbridas criaturas coronadas con discos flanqueados por cuernos. La naturaleza es pletórica en tales ilusiones, listas para impresionar a los imaginativos.

 
Esa noche los vagabundos abandonaron Ulthar y nunca volvieron a ser vistos. Y los lugareños se vieron turbados al advertir que en todo el pueblo no podía encontrarse un solo gato. El familiar gato había desaparecido de cada hogar; gatos grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos. El viejo Kranón, el burgomaestre, juraba que el pueblo oscuro se los había llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo tanto a la caravana como al mozuelo. Pero Nith, el enjuto notario, aventuró que el viejo campesino y su mujer resultaban más sospechosos, ya que su aversión a los gatos era de sobra conocida, y cada vez parecía más audaz. No obstante, nadie osó quejarse a la siniestra pareja, aun cuando el pequeño Atal, el hijo del ventero, juró haber visto al crepúsculo a todos los gatos de Ulthar en ese maldito patio bajo los árboles, desfilando lenta y solemnemente en círculo alrededor de la choza, de a dos, como ejecutando algún desconocido rito de las bestias. Las gentes no sabían si prestar atención a alguien tan pequeño; y aunque temían que la maligna pareja hubiera embrujado a los gatos para matarlos, prefirieron no encararse con el viejo campesino hasta que pudieran pillarle fuera de su oscuro y repulsivo patio.
Así que todo Ulthar se acostó lleno de rabia impotente; y cuando la gente despertó al alba... ¡miren! ¡Cada gato había vuelto a su hogar! Grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos, ninguno se había perdido. Los gatos aparecían muy gordos y lustrosos, atronando de ronroneos satisfechos. Los ciudadanos hablaban entre sí sobre el asunto, no poco maravillados. De nuevo, el viejo Kranón insistió en que habían sido retenidos por el pueblo oscuro, ya que no hubieran regresado vivos de la choza del viejo y su mujer.         Pero todos estaban de acuerdo en algo: en que la renuncia de los gatos a comer sus raciones de carne o beber sus platillos de leche resultaba sumamente curioso. Y durante dos días completos, los lustrosos, los perezosos gatos de Ulthar no tocaron su comida, limitándose a dormitar junto al fuego o al sol.
Transcurrió una semana completa antes de que los pueblerinos se percataran de que no se encendían luces tras las polvorientas ventanas de la choza bajo los árboles. Entonces el enjuto Nith apostilló con que nadie había visto al viejo o a su mujer desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana más tarde, el burgomaestre decidió sobreponerse a sus miedos y acudir, como a un deber, a la morada extrañamente silenciosa; aunque tomó la precaución de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el picapedrero a modo de testigos. Y cuando hubieron echado abajo la endeble puerta, tan sólo hallaron esto: dos esqueletos humanos, mondos y lirondos, sobre el suelo de tierra, así como gran número de curiosos escarabajos escabulléndose por los rincones en sombras. Subsecuentemente, hubo muchas discusiones entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largo tiempo con Nith, el enjuto notario; y Kranón y Shang y Thul fueron acosados a preguntas. Incluso Atal, el hijo del ventero, fue interrogado a fondo y recibió una golosina a modo de recompensa. Se habló del viejo campesino y de su esposa, de la caravana de oscuros vagabundos, del pequeño Menes y su gatito negro, de la plegaria de Menes y del cielo durante tal oración, de lo que hicieron los gatos la noche de la partida de la caravana, y de lo que más tarde fue hallado en la choza bajo los árboles oscuros en aquel patio repulsivo.           
Y por fin los lugareños aprobaron esa señalada ley que es comentada por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir; a saber, que en Ulthar nadie puede matar a un gato.

El templo (1920), cuento de H. P. Lovecraft



Yo, Karl Heinrich Graf von Altberg-Ehrenstein, capitán de corbeta de la Armada Imperial Alemana y al mando del submarino U-29, el día 20 de agosto de 1917, deposito esta botella y este informe en el océano Atlántico, en una situación que me es desconocida, pero que probablemente ronda los 20° de latitud norte y los 35° de longitud oeste, donde mi nave yace averiada en el fondo del océano. Llevo esto a cabo porque es mi deseo dar a la luz pública ciertos hechos insólitos; dado que seguramente no sobreviviré para entregar en persona estas noti­cias, ya que las circunstancias que concurren en torno a mí son tan amenazadoras como extraordinarias, e incluyen no sólo la avería fatal del U-29, sino incluso el flaquear de mi férrea volun­tad germánica en una forma de lo más desastrosa.
En la tarde del 18 de junio, tal y como comunicamos por radio al U-61, que se dirigía a Kiel, torpedeamos al carguero británico Victory, que se dirigía de Nueva York a Liverpool, en latitud 45° 1G norte y longitud 28° 34' oeste, permitiendo a la tripulación embarcar en sus botes para obtener una buena fil­mación con destino a los archivos del Almirantazgo. El barco se hundió de forma bastante teatral, a pique por la proa, con la popa alzándose sobre las aguas hasta que todo el casco enfiló perpendicularmente hacia el fondo del mar. Nuestra cámara no perdió detalle, y me pesa que una película tan buena no pueda llegar a Berlín. Después hundimos a cañonazos los botes salvavi­das y nos sumergimos.
Cuando emergimos, al ocaso, descubrimos el cuerpo de un marino en cubierta, aferrándose de una forma curiosa a la barandilla. El pobre hombre era joven, bastante moreno y muy agraciado; seguramente griego o italiano, y con certeza tripu­lante del Victory. Sin duda había buscado refugio en la misma nave que se había visto forzada a destruir la suya... una víctima más de la injusta guerra de agresión que los malditos perros ingleses llevan a cabo contra la patria. Nuestros hombres le registraron en busca de recuerdos y hallaron en su bolsillo una pieza de marfil sumamente extraña, tallada en forma de una cabeza juvenil coronada de laureles. El otro comandante, el teniente' Klenze, creía que aquello era muy antiguo y de gran valor artístico, por lo que se apropió de ella. Cómo había podido llegar a las manos de un vulgar marinero era algo que ninguno de los dos podía imaginar.
Al arrojar al muerto por la borda tuvieron lugar dos inci­dentes que perturbaron grandemente a la tripulación. Los hom­bres le habían cerrado los ojos, pero, al desprenderlo de la barandilla, éstos se abrieron, y muchos sufrieron la extraña ilusión de que miraban fijamente y en son de burla a Schmidt y Zimmer, que se hallaban inclinados sobre el cadáver. El contra­maestre Müller, un hombre de edad al que le habría ido mejor de no ser un supersticioso rufián alsaciano, se alteró tanto por la impresión que estuvo observando el cuerpo en el agua, y jura que, tras sumergirse algo, colocó los brazos en la posición del nadador y se impulsó bajo las aguas hacia el sur. Tanto a Klenze como a mí nos desagradaron tales muestras de ignorancia cam­pesina, y reprendimos severamente a los hombres, sobre todo a Müller.
Al día siguiente se creó un verdadero problema debido a la indisposición de varios miembros de la tripulación. Evidente­mente, se veían aquejados por algún tipo de tensión nerviosa provocada por nuestro largo periplo, y habían sufrido malos sueños. Varios de ellos parecían aturdidos y obnubilados; y tras cerciorarme que ninguno de ellos fingía su debilidad, les relevé de sus funciones. El mar se hallaba bastante picado, así que bajamos a una profundidad donde las olas nos resultaran un problema menor. Allí permanecimos en una calma relativa, a pesar de la aparición de alguna corriente misteriosa de rumbo sur que no pudimos encontrar en nuestras cartas. Los gemidos de los enfermos resultaban positivamente fastidiosos, pero ya que no parecían desmoralizar al resto de la tripulación, nos abs­tuvimos de tomar medidas drásticas. Teníamos la intención de permanecer en aquella posición e interceptar al buque de línea Dacia, consignado en la información recibida de nuestros agen­tes de Nueva York.
A primera hora de la tarde salimos a la superficie y descubri­mos la mar menos gruesa. El humo de un buque de guerra flo­taba en el horizonte norte, pero la distancia a la que nos hallába­mos y nuestra capacidad de inmersión nos mantenían a salvo. Lo que más nos preocupaban eran las habladurías del contrama­estre Müller, que se hacían más estrafalarias al caer la noche. Se hallaba en un estado infantil, aborrecible, y farfullaba acerca de fantasías sobre cuerpos muertos flotando al otro lado de las por­tillas; cuerpos que le miraban fijamente, y que él, a pesar de lo hinchados que estaban, había reconocido por haberlos visto morir durante alguna de nuestras victoriosas hazañas germáni­cas. Y decía que su jefe era el joven hallado y arrojado al mar. Era algo grosero y anómalo, así que pusimos grilletes a Müller y mandamos que le dieran unos buenos latigazos. Los hombres no se mostraron muy conformes con tal castigo, pero la disciplina es fundamental. Incluso rechazamos la petición de un comité encabezado por el marinero Zimmer, que pedía que la curiosa cabeza tallada en marfil fuera arrojada al mar.
El 20 de junio, los marineros Bohm y Schmidt, que habían caído enfermos el día antes, se volvieron locos furiosos. Sentí que no hubiera ningún médico entre nuestros oficiales, ya que las vidas alemanas resultan preciosas, pero los constantes desva­ríos de ambos acerca de una terrible maldición eran de lo más dañino para la disciplina, así que hubimos de tomar una deci­sión severa. La tripulación encajó este hecho de forma sombría, aunque eso pareció apaciguar a Müller, que de ahí en adelante no volvió a dar problemas. Le liberamos por la tarde y volvió en silencio a sus ocupaciones.
La semana siguiente estuvimos todos muy nerviosos, espe­rando al Dacia. La tensión creció con la desaparición de Müller y Zimmer, que sin duda se suicidaron víctimas de los temores que parecían atormentarlos, aunque nadie los vio en el instante de saltar al mar. Yo me sentía relativamente contento de librarme de Müller, ya que aun su silencio había afectado negativamente a la tripulación. Todos parecían dados ahora al silencio, como albergando secretos temores. Muchos estaban enfermos, pero ninguno había enloquecido. El teniente Menze, crispado por la tensión, se alteraba ante cualquier minucia... como, por ejemplo, un banco de delfines que merodeaba en número cada vez mayor en torno a U-29, o la creciente intensidad de esa corriente sur que no aparecía en ninguna de nuestras cartas.
A la postre se hizo evidente que se nos había escapado com­pletamente el Dacia. Avatares así no son raros, y nos sentíamos más complacidos que defraudados, ya que ahora se nos orde­naba regresar a Wilhelmshaven. El mediodía del 28 de junio arrumbamos al noreste y, pese a algún enredo bastante cómico con la inaudita masa de delfines, nos pusimos en marcha.
La explosión en la sala de máquinas a las dos de la tarde nos pilló completamente desprevenidos. No se había descubierto ningún defecto de las máquinas o negligencia de los hombres; pero aun así, sin previo aviso, la nave se vio sacudida de punta a punta por una explosión colosal. El teniente Klenze se abalanzó hacia la sala de máquinas, descubriendo que el depósito de com­bustible y la mayor parte de la maquinaria estaba destrozada, asimismo los maquinistas Raabe y Schneider habían resultado muertos en el acto. En un instante nuestra situación se había vuelto crítica, ya que aunque los regeneradores químicos estaban intactos, y aunque podíamos usar los aparatos para emerger y sumergirnos, y abrir las escotillas mientras tuviéramos aire com­primido y batería, nos veíamos incapacitados para propulsarnos o pilotar el submarino. Buscar la salvación en los botes salvavi­das significaba ponernos a nosotros mismos en manos de ene­migos irracionalmente resentidos contra nuestra gran nación alemana, y nuestra radio había estado fallándonos desde que, debido al asunto del Victoria, nos pusimos en contacto con otro U-boat de la Armada Imperial.
Desde la hora del accidente hasta el 2 de julio derivamos constantemente hacia el sur, sin hacer ningún plan ni encontrar nave alguna. Los delfines todavía rodeaban el U-29, una cir­cunstancia digna de reseñar, habida cuenta de la distancia reco­rrida. En la mañana del 2 de julio avistamos un buque de guerra que enarbolaba colores estadounidenses, y los hombres se agitaron deseosos de rendirse. Al final, el teniente Klenze hubo de usar su arma contra un marinero llamado Traube que incitaba a tal acto antigermánico con especial virulencia. Eso apaciguó de momento a la tripulación y nos sumergimos sin ser avistados.
Durante la tarde siguiente, una gran bandada de aves mari­nas llegó desde el sur y el mar comenzó a tornarse amenazador. Cerrando escotillas, aguardamos acontecimientos hasta com­prender que debíamos sumergirnos o perecer entre las olas mon­tañosas. La electricidad y la presión de aire menguaba, e intentá­bamos evitar cualquier uso innecesario de nuestros escasos recursos mecánicos; pero en este caso no había opción. No baja­mos demasiado, y cuando la mar se calmó horas más tarde, decidimos retornar a la superficie. Aquí, no obstante, surgió un nuevo contratiempo, ya que la nave no respondió a nuestra guía, a pesar de todos los esfuerzos realizados por los mecánicos. Según cundía el pánico entre los hombres atrapados en esa pri­sión submarina, algunos de ellos comenzaron a murmurar con­tra la imagen de marfil del teniente Klenze, pero la visión de una pistola automática les aplacó. Tuvimos ocupados a los pobres diablos tanto como pudimos, trasteando entre la maqui­naria, aunque bien sabíamos que todo eso era inútil.
Klenze y yo solíamos turnarnos para dormir, y durante mi periodo de sueño, sobre las cinco de la mañana del 4 de julio, se desató abiertamente el motín. Los seis cerdos de marineros supervivientes, sospechando que estábamos perdidos, estallaron bruscamente en una furia maniaca, motivada por nuestro rechazo a rendirnos dos días antes al buque de guerra yanqui, y se sumieron en un delirio de improperios y destrucción. Rugían como los animales que eran, y rompían indiscriminadamente mobiliario e instrumental, vociferando sobre insensateces tales como la maldición de la imagen de marfil y el joven moreno muerto que nos miraba y se alejaba nadando. El teniente Klenze parecía paralizado e incapaz de respuesta, que es lo que cabría esperar de un renano blando y afeminado. Maté a los seis hom­bres, pues fue necesario, y me aseguré de que no sobreviviera ninguno.
Arrojamos los cuerpos a través de las escotillas dobles y nos quedamos a solas en el U-29. Klenze parecía muy nervioso y bebía en demasía. Yo estaba dispuesto a seguir con vida tanto como fuera posible, empleando el generoso depósito de provi­siones y el suministro químico de oxígeno, que no habían sufrido de las locas payasadas de aquellos malditos puercos de marineros. Nuestras agujas, barómetros y otros instrumentos de precisión estaban destruidos, por lo que de ahí en adelante cual­quier cálculo sería meramente estimado, basado en nuestros cro­nómetros, almanaques y la deriva estimada a juzgar por algunos objetos que podíamos atisbar a través de las troneras o desde la torreta. Por fortuna teníamos estibadas baterías capaces aún de largo uso, tanto por alumbrado interior como para empleo del foco. A menudo barríamos con éste alrededor de la nave, pero tan sólo veíamos delfines nadando paralelos a nuestro propio rumbo de deriva. Yo me sentía interesado desde el punto de vista científico en aquellos delfines, ya que aunque el Delphínus delphis común es un cetáceo incapaz de sobrevivir sin aire, observé durante cerca de dos horas a uno de esos nadadores y no lo vi abandonar en ningún momento su inmersión.
Con el tiempo, Klenze y yo llegamos a la conclusión de que seguíamos derivando hacia el sur, sumergiéndonos más y más. Reparando en la fauna y flora marinas, leímos mucho al res­pecto en los libros que yo me había llevado conmigo para los ratos de ocio. No pude evitar el observar, no obstante, la defi­ciente preparación científica de mi compañero. Su intelecto no era prusiano, sino dado a fantasías y especulaciones sin valor. La inminencia de nuestra muerte le afectaba de forma curiosa y con frecuencia hablaba arrepentido sobre los hombres, mujeres y niños que había enviado al fondo, olvidando que todo eso resulta noble para alguien que sirve al estado alemán. Al cabo comenzó a desvariar ostensiblemente, observando durante horas su imagen de marfil y tramando fantásticas historias acerca de cosas perdidas y olvidadas bajo el mar. A veces, a modo de expe­rimento psicológico, azuzaba tales desvaríos para escuchar sus interminables citas poéticas y relatos acerca de barcos hundidos. Lo sentía de veras, ya que aborrezco ver sufrir a un alemán, pero no resultaba una buena compañía para morir. Por mi parte me sentía orgulloso, sabedor de que la patria honraría mi memoria y que mis hijos serían educados para ser hombres como yo.
El 9 de agosto vislumbramos el suelo del océano y, con el foco, lanzamos sobre él un potente rayo. Se trataba de una vasta planicie ondulante, cubierta en su mayor parte de algas y salpi­cado por las conchas de pequeños moluscos. Aquí y allá había fangosos objetos de formas inquietantes, festoneados de algas e incrustados de percebes, que Klenze supuso antiguos buques hundidos. Algo lo alteró; un pico de sólida materia, sobresa­liendo del lecho del océano entorno a un metro, con alrededor de medio metro de ancho, lados planos y suaves superficies superiores que convergían en ángulo sumamente obtuso. Yo dije que aquel pico debía tratarse de un afloramiento rocoso, pero Klenze creía haber visto tallas en su superficie. Tras un momento comenzó a temblar y apartó la vista como si tuviese miedo, aun­que sin dar otra explicación de que se sentía sobrecogido ante las dimensiones, oscuridad, lejanía, antigüedad y misterio de los abismos oceánicos. Su cerebro estaba fatigado, pero yo soy siem­pre un alemán y no tardé en advertir dos cosas: una, que el U-29 aguantaba admirablemente la presión del mar, y otra que los peculiares delfines seguían en torno nuestro, incluso a una pro­fundidad donde la mayoría de los naturalistas consideran impo­sible la vida para organismo superiores. Parecía evidente que yo había sobrestimado nuestra profundidad, pero aun así estába­mos lo bastante abajo como para que aquel fenómeno resultara notable. Nuestra velocidad de deriva hacia el sur, según lo medía por el suelo del océano, era más o menos la estimada mediante los organismos con los que nos habíamos cruzado en niveles superiores.
A las tres y cuarto de la tarde del 12 de agosto, el pobre Klenze enloqueció completamente. Había estado en la torreta usando el reflector, antes de precipitarse en la biblioteca, donde yo estaba leyendo, y su rostro lo traicionó instantáneamente.
-¡Él nos llama! ¡Él nos llama! ¡Lo oigo! ¡Tenemos que acu­dir! -mientras hablaba cogió de la mesa la imagen de marfil, se la metió en el bolsillo y atenazó mi brazo en un intentó por arrastrarme escaleras arriba hasta la cubierta. En un momento comprendí que pretendía abrir la escotilla y lanzarse en mi com­pañía al exterior, una extravagancia suicida y asesina para la que yo no estaba preparado. Cuando retrocedí y traté de apaciguarlo se volvió aún más violento.

-Vamos ahora... no esperemos más; es mejor arrepentirse y lograr el perdón que desafiar y ser condenado.

Entonces yo abandoné el intento de calmarlo y lo acusé de estar loco... loco de atar. Pero él se mantuvo inconmovible y gri­taba:

-¡Si estoy loco, estoy de suerte! ¡Qué los dioses se apiaden del hombre que en su contumacia permanezca cuerdo hasta el fin! ¡Ven y enloquece ahora que él aún nos llama benevolente­mente!

Aquel exabrupto pareció aliviar una presión en su mente, ya que al terminar se tornó más comedido, pidiéndome que le dejase ir solo en caso de no querer acompañarle. Mi obligación resultaba clara. Era un alemán, pero tan sólo un renano y un plebeyo, y ahora se había convertido en un loco potencialmente peligroso. Accediendo a su petición suicida me libraría en el acto de alguien que era más bien amenaza que compañía. Le pedí que me cediera la imagen de marfil antes de marcharse, pero tal petición despertó en él una hilaridad tan desaforada que no me atreví a insistir. Entonces le pregunté si deseaba dejar algún recuerdo o un mechón de cabello con destino a su familia en Alemania, por si se daba el caso de que yo fuera rescatado, pero de nuevo prorrumpió en esa extraña risa. Así que mientras él subía la escalerilla, yo acudí a las palancas y, guardando el per­tinente intervalo, accioné la maquinaria que le envió a la muerte. Cerciorándome luego de que no se hallaba a bordo, dirigí el foco alrededor tratando de lograr un postrer vistazo, ya que deseaba comprobar si la presión del agua lo había aplastado, tal y como debiera teóricamente haber ocurrido, o si por el contra­rio el cuerpo no había sido afectado, tal y como sucedía con aquellos extraordinarios delfines. No logré, de todos modos, localizar a mi finado compañero, ya que los delfines se apeloto­naban en gran número en torno a la torreta.
Esa tarde lamenté no haber cogido subrepticiamente la ima­gen de marfil del bolsillo del pobre Klenze en el momento en que me dejó, ya que el recuerdo de aquélla me fascinaba. Aun cuando no soy de temperamento artístico, no podía olvidar la cabeza hermosa, juvenil, con su corona de hojas. Sentía bastante no tener con quien conversar. Klenze, aun no estando a mi altura intelectual, era mucho mejor que nada. Esa noche no dormí bien, y me preguntaba cuándo llegaría exactamente el fin. Desde luego, tenía muy pocas posibilidades de ser rescatado.
Al día siguiente subí a la torreta y comencé la observación de costumbre con el foco. Hacia el norte el panorama era simi­lar al de los cuatro días que habíamos tardado en alcanzar el fondo, pero noté que la deriva del U-29 resultaba menos rápida. Según paseaba el rayo por el sur, advertí que el suelo oceánico a proa tomaba un pronunciado declive y en algunos sitios apare­cían bloques de piedra curiosamente regulares, dispuesto como respondiendo a alguna planificación. La nave no bajaba paralela al fondo oceánico, por lo que me vi obligado a ajustar el foco para lograr un haz lo más estrecho posible. Debido a la rapidez del cambio se desconectó un cable, lo que obligó a una pausa de varios minutos mientras lo reparaba; pero al fin la luz se pro­yectó, inundando el valle marino que tenía debajo.
No soy dado a emociones de ninguna especie, pero mi asombro fue mayúsculo al contemplar lo que había desvelado el resplandor eléctrico. Y sin embargo, estando empapado de la mejor Kultur prusiana, no debí asombrarme, ya que la geología y la tradición nos hablan sobre tremendas conmociones en áreas oceánicas y continentales. Lo que yo vi resultaba una extensa y elaborada panorámica de edificios en ruinas, todos construidos en una arquitectura magnífica aunque inclasificable, y en diver­sos estadíos de conservación. La mayor parte parecía de mármol, resplandeciendo blanquecino bajo los rayos del proyector, y el plano general resultaba el de una gran ciudad al fondo de un valle angosto, con gran número de templos y villas diseminados por las escarpadas laderas. Los tejados estaban caídos y las columnas rotas, pero aún conservaban un aire de esplendor inmemorialmente antiguo que nada podía opacar.
Enfrentado al fin con esa Atlántida que yo previamente con­sideraba un mito total, ahora era el más ávido de los explorado­res. Alguna vez hubo un río en el fondo de ese valle, ya que mientras examinaba con más detenimiento el lugar, pude ver restos de puentes y diques de piedra y mármol, así como terrazas y terraplenes que una vez fueran verdes y gratos. En mi entu­siasmo me volví casi tan tonto como el pobre Klenze y tardé un rato en advertir que la corriente de rumbo sur había por fin cesado, permitiendo al U-29 bajar lentamente sobre la ciudad submarina, tal y como un aeroplano desciende sobre una ciudad en las tierras emergidas. También tardé en percatarme de que el banco de insólitos delfines se había esfumado.
En un par de horas la nave fue a descansar sobre una plaza pavimentada cerca de la pared rocosa del valle. A un lado podía ver toda la ciudad descendiendo desde la plaza a la antigua orilla del río; al otro lado, en una sobrecogedora proximidad, descubrí la fachada ricamente ornamentada y en perfecto estado de con­servación de un gran edificio, sin duda un templo excavado en roca viva. Tan sólo puedo conjeturar sobre la factura originaria de esa titánica construcción. La fachada, de inmensas dimensio­nes, cubre aparentemente una gran oquedad, ya que sus venta­nas son multitud y están dispuestas por todos lados. En el cen­tro bosteza un gran pórtico, al que se accede mediante una imponente escalinata, y se halla circundado por exquisitas tallas, semejantes a escenas de bacanales en relieve. Ante ellos se encuentran grandes columnas y frisos, ambos decorados con esculturas de belleza inexplicable, obviamente representando idílicas escenas pastorales y procesiones de sacerdotes y sacerdo­tisas portando extraños objetos ceremoniales en honor de un dios radiante. El arte es de la más asombrosa perfección, con concepciones impregnadas de helenismo, aunque curiosamente particulares. Emana una sensación de antigüedad tremenda, como si se tratase del más remoto y no del más cercano antece­sor del arte griego. No tengo ninguna duda de que cada detalle de este masivo edificio fue labrado en la roca viva de nuestro planeta en la ladera de la colina. Es evidentemente parte de la muralla del valle, aunque cómo pudo ser el inmenso interior alguna vez excavado no puedo ni imaginarlo. Quizás su núcleo estuviese formado por una caverna o por una serie de ellas. Ni la edad ni su estado sumergido han corroído la prístina belleza de este sobrecogedor templo, ya que de un templo debe tratarse, y hoy, tras miles de años, reposa con todo su lustre e inviolado y en la noche y el silencio sin fin del abismo oceánico.
No puedo precisar el número de horas empleadas en la observación de la ciudad sumergida con sus edificios, arcos, estatuas y puentes, y el templo colosal repleto de belleza y miste­rio. Aunque sabía a la muerte próxima, me consumía la curiosidad, y paseaba alrededor el rayo del proyector en ansiosa bús­queda. El haz de luz me permitió llegar a conocer multitud de detalles, pero no pudo mostrarme nada más allá de la puerta tras la bostezante entrada al templo abierto en la roca, y al cabo del tiempo corté la corriente, sabedor de que necesitaba ahorrar energía.
Los rayos resultaban ahora perceptiblemente más débiles de lo que fueran durante las semanas de deriva. Mi deseo de explorar los misterios acuáticos iba en aumento, como aguzado por la creciente atenuación de la luz. ¡Yo, un alemán, debía ser el pri­mero en adentrarme en aquellos caminos olvidados por el tiempo!
Extraje y revisé una escafandra de profundidad, realizada en metal articulado, y probé la luz portátil y el regenerador de aire. Aunque resultaría problemático manipular a solas las dobles escotillas, me creía capaz de sobrepasar cualquier obstáculo gra­cias a mi capacidad científica, y caminar realmente en persona por la ciudad muerta.
El 16 de agosto efectué una salida del U-29 y me abrí paso dificultosamente a través de las calles llenas de ruinas y fango hacia el antiguo río. No descubrí esqueletos ni restos humanos, pero recogí un tesoro de saber arqueológico en forma de escul­turas y monedas. De todo esto no puedo hablar ahora, excepto para proclamar mi temor ante una cultura que se hallaba en la cúspide de la gloria cuando los cavernícolas vagaban por Europa y el Nilo corría inexplorado hacia el mar. Otros, de la mano de este manuscrito, si finalmente llega a ser encontrado, podrán desvelar misterios que yo tan sólo alcanzo a vislumbrar. Volví a la nave cuando mis baterías eléctricas comenzaron a flaquear, resuelto a explorar el templo de piedra al día siguiente.
El 17, cuando mi impulso de penetrar en el misterio del templo se hacía más y más acuciante, sufrí una enorme decep­ción, ya que descubrí que los materiales necesarios para recargar la luz portátil habían resultado destruidos durante el motín de aquellos puercos, en julio. Mi indignación no conoció límites, aunque mi sensatez alemana me precavía contra aventurarme sin medios en un interior completamente a oscuras que podía resultar la madriguera de cualquier indecible monstruo marino o un laberinto de corredores de entre cuyos recovecos nunca lograría salir. Todo cuanto podía hacer era volver el vacilante foco del U-29 y a su luz subir los peldaños del templo y estudiar las tallas exteriores. El haz de luz entraba por la puerta en ángulo ascendente, y yo escudriñé esperando atisbar algo, pero todo fue en vano. Ni siquiera el techo era visible, y aunque subí un peldaño o dos hacia el interior tras probar con un bastón el suelo, no me atreví a continuar. Además, por primera vez en mi vida experimenté esa emoción llamada miedo. Comencé a com­prender cómo se habían desatado algunos de los estados de ánimo del pobre Klenze, ya que mientras el templo parecía reclamarme más y más, empecé a temer sus acuosos abismos con creciente terror ciego. De vuelta al submarino, apagué las luces y me senté a meditar en la oscuridad. Debía preservar ahora la electricidad para las emergencias.
El sábado 18 lo pasé en total oscuridad, atormentado por pensamientos y recuerdos que amenazaban con vencer mi ger­mánica voluntad. Klenze se había vuelto loco y había muerto antes de alcanzar ese siniestro resto de un pasado inconcebible­mente remoto, y me había instado a marchar con él. ¿Había, en efecto, preservado el Destino mi razón sólo para arrastrarme irremisiblemente a un fin más temible e inconcebible de lo que cualquier hombre pudiera soñar? Claramente, mis nervios esta­ban sometidos a una gran tensión, y yo debía librarme de esas aprensiones propias de un hombre más débil.
No pude dormir durante la noche del sábado y encendí las luces sin pensar en el porvenir. Resultaba deplorable que la elec­tricidad no fuese a durar tanto como el aire y las provisiones. Retomé mis ideas de suicidio y revisé mi pistola automática. Hacia la mañana debí dormirme con las luces encendidas, ya que cuando desperté ayer en la oscuridad fue para encontrarme con las baterías agotadas. Encendí varias cerillas, una tras otra, y lamenté desesperado la imprevisión que me había llevado a mal­gastar las pocas velas que portábamos.
Tras apagarse la última vela que me atreví a gastar, me senté en completa inmovilidad, sin luces. Mientras reflexionaba sobre el inevitable fin, mi cabeza volvía a los sucesos previos, y caí en algo hasta ahora inadvertido que hubiera hecho temblar a un hombre más débil y supersticioso. La cabeza del dios radiante de las esculturas del templo de piedra es la misma que la de la pieza tallada en marfil que tenía el marinero recogido del mar y que el pobre Klenze se llevó de vuelta consigo al mar.
Me sentía un poco estremecido ante tal coincidencia, pero no aterrado. Tan sólo el pensador de inferior categoría se apre­sura a explicar lo singular y lo complicado mediante el primitivo atajo hacia lo sobrenatural. La coincidencia resultaba extraña, pero yo estaba demasiado hecho al raciocinio como para conec­tar circunstancias que no admitían un nexo lógico, o asociar de alguna extraordinaria manera los desastrosos sucesos que me habían llevado desde el asunto del Victoria a mi estado actual. Sintiéndome necesitado de sueño, tomé un sedante y me ase­guré un poco más de sueño. Mi estado nervioso quedó de mani­fiesto en mis sueños, ya que creí escuchar gritos de gente aho­gándose y ver rostros muertos apretujados contra las troneras de la nave. Y entre esos rostros muertos se encontraba el semblante vivo, burlón, del joven de la imagen de marfil.
Debo cuidar las anotaciones que registran mi despertar de hoy, ya que estoy trastornado y debe haber gran cantidad de alu­cinación entremezclada con los hechos. Mi caso resulta de lo más interesante desde el punto de vista psicológico, y lamento no poder ser sometido a observación por parte de la autoridad alemana competente. Al abrir los ojos mi primera sensación fue la de un invencible deseo de visitar el templo de piedra, un ansia que crecía a cada instante, aunque automáticamente yo trataba de resistirme mediante las emociones de miedo que obraban en contra. Luego tuve la impresión de una luz en medio de aquella oscuridad causada por las baterías consumidas, y creí ver una especie de resplandor fosforescente en el agua a través del porti­llo que se abría hacia el templo. Eso despertó mi curiosidad, ya que yo no sabía de ningún organismo abisal capaz de emitir tal luminiscencia. Pero antes de poder investigar me llegó una ter­cera impresión que, a causa de su irracionalidad, me provoca serias dudas sobre la objetividad que cualquier cosa que puedan registrar mis sentidos. Era una ilusión aural, una sensación de sones rítmicos y melodiosos, como una especie de cántico o himno coral salvaje, aunque agradable. Convencido de mi abe­rración psicológica y nerviosa, encendí algunas cerillas y tomé una exorbitante cantidad de solución de bromuro sódico, que pareció calmarme hasta el punto de disipar la ilusión de sonido. Pero persistía la fosforescencia y tuve dificultades para contener el pueril impulso de acercarme a la portilla y buscar su fuente. Resultaba horriblemente real y pronto pude descubrir con su ayuda los objetos familiares que me rodeaban, así como el vaso vacío del bromuro sódico, del que no tenía ni previa impresión visual ni idea sobre su posición actual. Esta última circunstancia me hizo reflexionar y crucé la estancia para tocar el vaso. Se hallaba en efecto en el lugar donde me parecía verlo. Ahora ya sabía que la luz era lo bastante real o parte de una alucinación tan fija y persistente que no podía esperar que se esfumase, así que abandonando toda reticencia subí a la torreta para buscar la fuente luminosa. ¿Sería quizás otro U-boat, brindándome una posibilidad de rescate?
Es comprensible que el lector no acepte nada de cuanto sigue como verdad objetiva, ya que los hechos suponen una transgresión de la ley natural, siendo necesariamente creaciones subjetivas e irreales de mi mente trastornada. Cuando llegué a la torreta, descubrí que el mar estaba en un estado muy apartado de la luminosidad que yo esperaba. No había fosforescencia ani­mal o vegetal en las cercanías, y la ciudad, bajando hasta el río, resultaba invisible en la oscuridad. Lo que vi no era espectacular, ni grotesco o terrorífico, pero ahuyentó el último vestigio de confianza en mi propio raciocinio, ya que la puerta del templo submarino abierto en la colina rocosa se veía brillantemente alum­brada con un resplandor titilante, como el de una gran llama cere­monial encendida en sus profundidades.
Los sucesos posteriores resultan caóticos. Mientras contem­plaba las puertas y ventanas tan extraordinariamente iluminadas, comencé a sufrir las más extravagantes visiones... visiones tan extravagantes que no me atrevo ni aun a consignarlas. Creí dis­cernir objetos en el templo -objetos tanto estáticos como en movimiento-, y me pareció escuchar de nuevo el irreal cántico que flotaba a mi alrededor al despertar. Y por encima de todo se alzaban pensamientos e imágenes centrados en el joven del mar y la imagen marfileña cuya talla se veía duplicada en los frisos y columnas del templo que tenía ante los ojos. Pensé en el pobre Klenze, y me pregunté si su cuerpo descansaría con la imagen que se llevó al mar. Él me había prevenido contra algo y yo no le había prestado atención... ya que era un palurdo renano que se volvía loco ante problemas que un prusiano era capaz de afron­tar sin dificultad.
El resto es muy sencillo. Mi impulso de ir y penetrar el tem­plo se ha convertido ahora en una orden imperiosa e inexplica­ble que ya no puedo desobedecer. Mi propia voluntad germá­nica no basta ya para controlar mis actos, y la elección, en ade­lante, tan sólo será posible en asuntos menores. Tal locura es la que condujo a Menze a la muerte, acudiendo a cabeza descu­bierta y sin protección al océano; pero yo soy un prusiano y un hombre cabal, y utilizaré hasta el fin la poca voluntad que me resta. Al comprender que debía marcharme, preparé escafandra, casco y regenerador de aire para un uso inmediato, y al instante comencé a escribir esta crónica apresurada con la esperanza de que algún día pueda llegar al mundo. Guardaré el manuscrito en una botella y la confiaré al mar al abandonar para siempre el U-29.
No tengo miedo de nada, ni siquiera de las profecías del enloquecido Klenze. Lo que he visto no puede ser real, y sé que este trastorno de mi propia voluntad tan sólo puede llevarme a la muerte por asfixia una vez se me agote el aire. La luz del tem­plo es una completa ilusión y moriré sosegadamente, como un alemán, en las oscuras y olvidadas profundidades. Esa risa demoníaca que escucho mientras escribo procede únicamente de mi propio cerebro debilitado. Así que me colocaré meticulo­samente la escafandra y ascenderé resuelto los peldaños que con­ducen a ese santuario primigenio, ese silencioso enigma de la aguas insondadas y los años olvidados.

viernes, 27 de enero de 2012

El árbol (1920), cuento de HP Lovecraft



«Fata viam invenient.»

En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en torno a las ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño embellecida con las más sublimes esculturas, pero sumida ahora en la misma decadencia que la casa. A un extremo de la tumba, con sus peculiares raíces desplazando los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por el tiempo, crece un olivo antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva; tanto se asemeja a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado por la muerte, que los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna brilla débilmente a través de sus ramas retorcidas. El monte Menalo es uno de los parajes predilectos del temible Pan, el de la multitud de extraños compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol debe tener alguna espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano abejero que vive en una cabaña de las cercanías me contó una historia diferente.
Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y resplandeciente, vivían en ella los escultores Calos y Musides. La belleza de su obra era alabada de Lidia a Neápolis, y nadie osaba considerar que uno sobrepasaba al otro en habilidad. El Hermes de Calos se alzaba en un marmóreo santuario de Corinto, y la Palas de Musides remataba una columna en Atenas, cerca del Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se asombraban de que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su amistad fraternal.
Pero aunque Calos y Musides estaban en perfecta armonía, sus formas de ser no eran iguales. Mientras que Musides gozaba las noches entre los placeres urbanos de Tegea, Calos prefería quedarse en casa; permaneciendo fuera de la vista de sus esclavos al fresco amparo del olivar. Allí meditaba sobre las visiones que colmaban su mente, y allí concebía las formas de belleza que posteriormente inmortalizaría en mármol casi vivo. Los ociosos, por supuesto, comentaban que Calos se comunicaba con los espíritus de la arboleda, y que sus estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas con los que se codeaba... ya que jamás llevaba a cabo sus trabajos partiendo de modelos vivos.
Tan famosos eran Calos y Musides que a nadie le extrañó que el tirano de Siracusa despachara enviados para hablarles acerca de la costosa estatua de Tycho que planeaba erigir en su ciudad. De gran tamaño y factura sin par había de ser la estatua, ya que habría de servir de maravilla a las naciones y convertirse en una meta para los viajeros. Honrado más allá de cualquier pensamiento resultaría aquel cuyo trabajo fuese elegido, y Calos y Musides estaban invitados a competir por tal distinción. Su amor fraterno era de sobra conocido, y el astuto tirano conjeturaba que, en vez de ocultarse sus obras, se prestarían mutua ayuda y consejo; así que tal apoyo produciría dos imágenes de belleza sin par, cuya hermosura eclipsaría incluso los sueños de los poetas.
Los escultores aceptaron complacidos el encargo del tirano, así que en los días siguientes sus esclavos pudieron oír el incesante picoteo de los cinceles. Calos y Musides no se ocultaron sus trabajos, aun cuando se reservaron su visión para ellos dos solos. A excepción de los suyos, ningún ojo pudo contemplar las dos figuras divinas liberadas mediante golpes expertos de los bloques en bruto que las aprisionaban desde los comienzos del mundo.
De noche, al igual que antes, Musides frecuentaba los salones de banquetes de Tegea, mientras Calos rondaba a solas por el olivar. Pero, según pasaba el tiempo, la gente advirtió cierta falta de alegría en el antes radiante Musides. Era extraña, comentaban entre sí, que esa depresión hubiera hecho presa en quien tenía tantas posibilidades de alcanzar los más altos honores artísticos. Muchos meses pasaron, pero en el semblante apagado de Musides no se leía sino una fuerte tensión que debía estar provocada por la situación.
Entonces Musides habló un día sobre la enfermedad de Calos, tras lo cual nadie volvió a asombrarse ante su tristeza, ya que el apego entre ambos escultores era de sobra conocido como profundo y sagrado. Por tanto, muchos acudieron a visitar a Calos, advirtiendo en efecto la palidez de su rostro, aunque había en él una felicidad serena que hacía su mirada más mágica que la de Musides... quien se hallaba claramente absorto en la ansiedad, y que apartaba a los esclavos en su interés por alimentar y cuidar al amigo con sus propias manos. Ocultas tras pesados cortinajes se encontraban las dos figuras inacabadas de Tycho, últimamente apenas tocadas por el convaleciente y su fiel enfermero.
Según desmejoraba inexplicablemente, más y más, a pesar de las atenciones de los perplejos médicos y las de su inquebrantable amigo, Calos pedía con frecuencia que le llevaran a la tan amada arboleda. Allí rogaba que lo dejasen solo, ya que deseaba conversar con seres invisibles. Musides accedía invariablemente a tales deseos, aunque con lágrimas en los ojos al pensar que Calos prestaba más atención a faunos y dríadas que a él. Al cabo, el fin estuvo cerca y Calos hablaba de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un sepulcro aún más hermoso que la tumba de Mausolo, pero Calos le pidió que no hablara más sobre glorias de mármol. Tan sólo un deseo se albergaba en el pensamiento del moribundo: que unas ramitas de ciertos olivos de la arboleda fueran depositadas enterradas en su sepultura... junto a su cabeza. Y una noche, sentado a solas en la oscuridad del olivar, Calos murió.
Hermoso más allá de cualquier descripción resultaba el sepulcro de mármol que el afligido Musides cinceló para su amigo bienamado. Nadie sino el mismo Calos hubiera podido obrar tales bajorrelieves, en donde se mostraban los esplendores del Eliseo. Tampoco descuidó Musides el enterrar junto a la cabeza de Calos las ramas de olivo de la arboleda.
Cuando los primeros dolores de la pena cedieron ante la resignación, Musides trabajó con diligencia en su figura de Tycho. Todo el honor le pertenecía ahora, ya que el tirano no quería sino su obra o la de Calos. Su esfuerzo dio cauce a sus emociones y trabajaba más duro cada día, privándose de los placeres que una vez degustaría. Mientras tanto, sus tardes transcurrían junto a la tumba de su amigo, donde un olivo joven había brotado cerca de la cabeza del yaciente. Tan rápido fue el crecimiento de este árbol, y tan extraña era su forma, que cuantos lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de sorpresa, y Musides parecía encontrarse a un tiempo fascinado y repelido por él.
A los tres años de la muerte de Calos, Musides envió un mensajero al tirano, y se comentó en el ágora de Tegea que la tremenda estatua estaba concluida. Para entonces, el árbol de la tumba había alcanzado asombrosas proporciones, sobrepasando al resto de los de su clase, y extendiendo una rama singularmente pesada sobre la estancia en la que Musides trabajaba. Mientras, muchos visitantes acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como para admirar el arte del escultor, por lo que Musides casi nunca se hallaba a solas. Pero a él no le importaba esa multitud de invitados; antes bien, parecía temer el quedarse a solas ahora que su absorbente trabajo había tocado a su fin. El poco alentador viento de la montaña, suspirando a través del olivar y el árbol de la tumba, evocaba de forma extraña sonidos vagamente articulados.
El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a Tegea. De sobra era sabido que llegaban para hacerse cargo de la gran imagen de Tycho y para rendir honores imperecederos a Musides, por los que los próxenos les brindaron un recibimiento sumamente caluroso. Al caer la noche se desató una violenta ventolera sobre la cima del Menalo, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a gusto en la ciudad. Hablaron acerca de su ilustrado tirano, y del esplendor de su ciudad, refocilándose en la gloria de la estatua que Musides había cincelado para él. Y entonces los hombres de Tegea hablaron acerca de la bondad de Musides, y de su hondo penar por su amigo, así como de que ni aun los inminentes laureles del arte podrían consolarlo de la ausencia del Calos, que podría haberlos ceñido en su lugar. También hablaron sobre el árbol que crecía en la tumba, junto a la cabeza de Calos. El viento aullaba aún más horriblemente, y tanto los siracusanos como los arcadios elevaron sus preces a Eolo.
A la luz del día, los próxenos guiaron a los mensajeros del tirano cuesta arriba hasta la casa del escultor, pero el viento nocturno había realizado extrañas hazañas. El griterío de los esclavos se alzaba en una escena de desolación, y en el olivar ya no se levantaban las resplandecientes columnatas de aquel amplio salón donde Musides soñara y trabajara. Solitarios y estremecidos penaban los patios humildes y las tapias, ya que sobre el suntuoso peristilo mayor se había desplomado la pesada rama que sobresalía del extraño árbol nuevo, reduciendo, de una forma curiosamente completa, aquel poema en mármol a un montón de ruinas espantosas. Extranjeros y tegeanos quedaron pasmados, contemplando la catástrofe causada por el grande, el siniestro árbol cuyo aspecto resultaba tan extrañamente humano y cuyas raíces alcanzaban de forma tan peculiar el esculpido sepulcro de Calos. Y su miedo y desmayo aumentó al buscar entre el derruido aposento, ya que del noble Musides y de su imagen de Tycho maravillosamente cincelada no pudo hallarse resto alguno. Entre aquellas formidables ruinas no moraba sino el caos, y los representantes de ambas ciudades se vieron decepcionados; los siracusanos porque no tuvieron estatua que llevar a casa; los tegeanos porque carecían de artista al que conceder los laureles. No obstante, los siracusanos obtuvieron una espléndida estatua en Atenas, y los tegeanos se consolaron erigiendo en el ágora un templo de mármol que conmemoraba los talentos, las virtudes y el amor fraternal de Musides.
Pero el olivar aún está ahí, así como el árbol que nace en la tumba de Calos, y el anciano abejero me contó que a veces las ramas susurran entre sí en las noches ventosas, diciéndose una y otra vez: «¡Oιδά! ¡Oιδά!»... ¡yo sé! ¡yo sé!

lunes, 23 de enero de 2012

El terrible anciano (1920), cuento de HP Lovecraft



Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de la Calle Walter, próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada... lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.
Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, lo protegen de las atenciones de caballeros como el señor Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de veleros de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Cara Cortada, Tom el Largo, Joe el Español, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones, no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogénea estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. El señor Ricci y el señor Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero, mientras el señor Czanek se quedaba esperándolos a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en la Calle Ship, junto a la verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas.
Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en la Calle Walter junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarlo. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.
La espera le pareció muy larga al señor Czanek, que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en la Calle Ship. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo?
Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. El señor Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos.
Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados -como si hubieran recibido múltiples cuchilladas- y horriblemente triturados -como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas- que la marea arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en la Calle Ship, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los chismes que corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando se es anciano y se tiene una salud delicada la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.

La transición de Juan Romero (1919), cuento de HP Lovecraft




No disfruto al hablar de los sucesos ocurridos en la mina Norton el 18 de octubre de 1894. Un sentimiento de obligación para con la ciencia es lo que me lleva a recordar esta época de mi vida, escenas y hechos cargados de un horror doblemente intenso por cuanto no puedo definirlo con claridad. Pero creo que antes de morir debo contar cuanto sé de la -llamémosla transición- de Juan Romero.
La posteridad no necesita saber ni mi nombre ni mi origen; de hecho, creo que es mejor omitirlos, ya que cuando un hombre emigra repentinamente a los Estados Unidos o a las colonias deja atrás el pasado. Además, lo que yo fuese una vez carece de la menor relevancia en el relato, excepto quizás la circunstancia de que durante mi servicio en la India me sentía más a gusto entre los maestros nativos de barbas blancas que entre mis compañeros oficiales. Había ahondado no poco en los extraños saberes orientales cuando sufrí las calamidades que me empujaron en busca de una nueva vida en el gran Oeste americano... una vida en la que me pareció mejor tomar otro nombre, el que ahora llevo, que es muy común y no significa nada.
Durante el verano y el otoño de 1894 viví en las áridas extensiones de las montañas Cactus, empleado como peón en la famosa mina Norton, cuyo descubrimiento por un viejo protector algunos años antes había convertido los contornos de una zona apenas poblada en un hirviente caldero de sórdida vida. Una caverna de oro, bajo un lago de montaña, había enriquecido a su venerable descubridor más allá de los sueños más disparatados, y ahora era el escenario de masivas operaciones de apertura de túneles por parte de la corporación que había terminado comprándola. Se habían descubierto más grutas y la producción de amarillo metal resultaba asombrosamente grande, por lo que un poderoso y heterogéneo ejército de mineros se afanaba día y noche en las numerosas galerías y oquedades pétreas. El superintendente, un tal señor Arthur, disertaba a menudo sobre la singularidad de las formaciones geológicas locales, especulando sobre la posible extensión de la red de cueva y estimando el futuro de la titánica empresa minera. Consideraba que aquellas cavidades auríferas eran el resultado de la acción del agua, y creía que pronto se franquearía la última de ellas.
Al poco de llegar yo y ser contratado, Juan Romero vino a la mina Norton. Uno más de la inagotable caterva de mexicanos sucios que llegaban del país vecino, llamó desde un principio la atención por sus facciones, que, aunque claramente del tipo piel roja, resultaban, sin embargo, destacables por su color claro y sus rasgos refinados, completamente diferentes de los vulgares «greasers» o piutes de la localidad. Es curioso que, aun diferenciándose de forma tan asombrosa de los indios hispanizados o los puros, Romero no daba impresión de poseer traza de sangre caucasiana. No era el conquistador castellano ni el pionero americano, sino el antiguo y noble azteca el que venía a la imaginación cuando el silencioso peón se levantaba al clarear, contemplando fascinado cómo el sol se alzaba sobre las colinas orientales y tender al tiempo sus brazos al orbe, como ejecutando algún rito cuya naturaleza ni él mismo llegaba a comprender. Pero, aparte de su rostro, Romero no daba ni un atisbo de nobleza. Sucio e ignorante, su lugar estaba junto a los otros cetrinos mexicanos, siendo procedente (según me contaron más tarde) de los más bajos estratos sociales de los contornos. Fue encontrado de niño en una tosca choza montañesa, el único superviviente de una epidemia que había diezmado la zona. Cerca de la choza, al pie de una fisura en la roca, bastante insólita, se hallaban dos esqueletos recién descarnados por los buitres; presumiblemente los restos de sus progenitores. Nadie recordaba sus identidades y pronto casi todos los olvidaron. Además, el derrumbamiento de la cabaña de adobe y el cierre de la fisura rocosa como consecuencia de una posterior avalancha había ayudado a difuminar aún más todo aquello en el recuerdo. Criado por el cuatrero mexicano que le prestara su apellido, Juan se diferenciaba poco de sus iguales.
El aprecio que Romero me mostraba tenía sin duda su origen en el extraño y antiguo anillo hindú que yo acostumbraba a lucir cuando no estaba trabajando. Prefiero no comentar ni su naturaleza ni cómo había llegado a mis manos. Era mi última ligazón con un capítulo de mi vida ya cerrado para siempre, y lo tenía en gran estima. Pronto descubrí que aquel mexicano de extraño aspecto estaba también interesado en él, observándolo con una expresión que ahuyentaba cualquier sospecha de mera codicia. Sus antiguos símbolos parecían avivar algún débil recuerdo en su mente, inculta pero despierta, aunque no podía haberlo visto antes. A las pocas semanas de su llegada, Romero era como mi fiel sirviente, a pesar de que yo mismo no era sino un vulgar minero. Nuestra conversación era por fuerza limitada. Él sabía unas pocas palabras de inglés, mientras que yo descubrí que mi español de Oxford a veces difería notablemente de la jerigonza del peón de Nueva España.
Los sucesos que estoy a punto de relatar no se vieron precedidos por grandes presagios. Aun cuando Romero me resultaba un personaje interesante, y aunque mi anillo le había afectado de manera tan peculiar, no creo que ninguno de nosotros tuviese atisbos de lo que ocurriría tras la gran explosión. Considerandos de orden geológico habían aconsejado una prolongación hacia abajo de la mina, partiendo de la parte más profunda del área subterránea, y, creyendo el superintendente que no encontraría sino roca sólida, se había colocado una prodigiosa carga de dinamita. Ni Romero ni yo estábamos conectados con tal trabajo, así que la primera noticia que tuvimos de los extraordinarios pormenores nos llegó por intermediación de otros. La carga, quizás más potente de lo esperado, pareció estremecer la montaña entera. Las ventanas de los barracones de la ladera saltaron en pedazos con la onda de choque, mientras que los mineros situados en pasadizos próximos se vieron derribados. El lago Joya, cercano al lugar del suceso, se encrespó como alborotado por la tempestad. Al investigar, se descubrió un nuevo abismo abierto sin fin bajo el lugar de la explosión; una sima tan monstruosa que ninguna sonda de mano alcanzaba a medirla, ni lámpara alguna a iluminarla.
Confundidos, los picadores tuvieron una conferencia con el superintendente, que mandó grandes tramos de cuerda al hoyo, ordenando que se empalmara y arriara sin tregua, hasta tocar fondo. No tardaron los empalidecidos trabajadores en informar al superintendente de su fracaso. Firme pero respetuosamente, le dieron cuenta de su negativa a volver al abismo o siquiera a trabajar de nuevo en la mina hasta que éste fuese cegado. Sin duda, estaban ante algo que rebasaba su experiencia, ya que, hasta donde a ellos les constaba, aquel vacío era infinito.
El superintendente no se lo reprochó. De hecho, reflexionó a fondo e hizo múltiples planes para el día siguiente. El turno de noche no acudió esa tarde al trabajo. A las dos de la mañana, un solitario coyote comenzó a aullar quejumbrosamente en la montaña. En algún lugar dentro de la prospección un perro ladró en respuesta; al coyote... o a lo que fuese. Una tormenta iba formándose sobre la sierra y nubes de extrañas formas corrían de forma horrible por el turbio camino de luz celeste que mostraba los intentos de una luna gibosa por brillar a través de multitud de capas de cirrostratos. La voz de Romero, procedente de la litera superior, me despertó; una voz tensa y excitada por culpa de una expectación indeterminada que yo no llegaba a entender.
-¡Madre de Dios!... el sonido... ese sonido... ¡oiga usted!... ¿lo oye usted?... ¡Señor, ESE SONIDO!
Escuché, preguntándome a qué sonido podría referirse. El coyote, el perro, la tormenta, todo eso era audible; esta última cobraba ahora fuerza mientras el viento aullaba más y más frenéticamente. Se veían relámpagos por las ventanas del barracón. Le pregunté al nervioso mexicano, enumerando los sonidos escuchados:
-¡El coyote?... ¿el perro?... ¿el viento?
Pero Romero no contestaba. Luego comenzó a murmurar espantado:
-El ritmo, señor... el ritmo de la tierra... ¡ESA VIBRACIÓN BAJO EL SUELO!
Y ahora yo también lo escuché; lo escuché y me estremecí sin saber por qué. Abajo, muy por debajo mío había un sonido -un ritmo, tal como dijera el peón- que, aunque sumamente débil, aún así se imponía al perro, al coyote y la tormenta que arreciaba. No tiene sentido tratar de describirlo... ya que es algo imposible de describir. Pudiera ser como el latido de las máquinas muy abajo en los grandes buques, tal como se siente desde cubierta, aunque no era tan maquinal, tan desprovisto de vida y consciencia. De todas sus características, fue su hondura lo que más me impresionó. A mi cabeza acudieron fragmentos de un pasaje de Joseph Glanvill que Poe ha citado con tremendo efecto...
«La amplitud, profundidad e insondable de Su creación, que tienen una hondura mayor que la del pozo de Demócrito.»
Repentinamente, Romero saltó de su litera, deteniéndose ante mí para mirar el extraño anillo en mi mano, que relucía extrañamente a cada relámpago, escrutando luego con intensidad en la dirección de la boca de la mina. Yo también me levanté, y no nos movimos durante un rato, aguzando el oído mientras el extraordinario ritmo parecía tomar más y más cualidad de vida. Entonces, sin aparente voluntad, comenzamos a ir hacia la puerta, cuyo batir en alas del temporal daba una confortante sugerencia de realidad terrena. El canto de las profundidades -de las que ahora parecía brotar el sonido aumentaba en volumen y definición, y nos sentimos irresistiblemente urgidos afuera, a la tormenta y la hueca negrura de la boca.
No nos cruzamos con criatura viviente alguna, ya que los hombres del turno de noche habían sido liberados del trabajo y ahora estaban sin duda en el poblado de Dry Gulch, propalando rumores siniestros en el oído de algún adormilado tabernero. Sin embargo, un pequeño cuadrado de luz amarilla, como un ojo guardián, resplandecía en la caseta del vigilante. Me pregunté de pasada cómo habría afectado el rítmico sonido a éste, pero Romero se apresuraba y yo le seguí sin detenerme.
Según entrábamos en el pozo, el sonido inferior se convirtió definitivamente en algo compuesto. Me resultaba horriblemente parecido a alguna especie de ceremonia oriental, con batir de tambores y cánticos de múltiples voces. Yo, como bien saben, estuve mucho tiempo en la India. Romero y yo, casi sin vacilar, atravesábamos túneles y bajábamos escalas, encaminados siempre hacia lo que nos atraía, aunque reluctantes y presos de un lastimero e indefenso temor. Una vez creí haberme vuelto loco... fue cuando, asombrado al notar que nuestro camino estaba iluminado sin el concurso de lámparas o velas, descubrí que el viejo anillo en mi dedo resplandecía con espectral radiación, derramando un pálido brillo a través del aire húmedo y pesado en el que estábamos sumidos.
Sin previo aviso, Romero, tras descolgarse por una de las muchas rústicas escalas, echó a correr dejándome solo. Alguna nota nueva y extraña en aquellos redobles y cánticos, perceptible sólo de forma muy ligera para mí, lo habían abocado a ello, y, lanzando un grito salvaje, se adentró totalmente a ciegas en las tinieblas de la caverna. Escuché sus gritos repetidos delante mío mientras trastabillaba con torpeza en los sitios nivelados y descendía enloquecido las desvencijadas escalas. Aterrado como me encontraba, aun guardaba el suficiente sentido como para notar que su habla, cuando resultaba articulada, no se parecía a nada que yo conociera. Polisílabos duros pero impresionantes habían suplantado a la acostumbrada mezcla de mal español y peor inglés, y de entre ellos sólo el «Huitzilopotchli», frecuentemente repetido, me resultaba al menos familiar. Más tarde ubiqué esa palabra entre los trabajos de un gran historiador... y me estremecí al establecer las asociaciones.
La culminación de esa noche espantosa fue compleja aunque algo breve, comenzando al alcanzar la última caverna del periplo. De la oscuridad que tenía inmediatamente delante brotó un último grito del mexicano, acompañado por un coro de sonidos tan terribles que no podría oírlos de nuevo y sobrevivir. En ese instante pareció como si todos los terrores y las monstruosidades ocultas de la tierra se hubieran vuelto tangibles en un esfuerzo por aplastar a la humanidad. Simultáneamente se apagó la luz de mi anillo y distinguí el resplandor de una nueva luz que procedía de algún espacio inferior, aunque sólo se hallaba a unos metros delante. Había llegado al abismo, que ahora resplandecía rojizo, y que, evidentemente, había devorado al infortunado Romero.
Avanzando, me asomé al borde de esa sima que ninguna sonda alcanzaba a medir y que ahora era un pandemónium de llamas que saltaban con pavoroso rugir. Al principio no distinguí sino un turbulento hervidero de luminosidad; pero luego algunas sombras, todas infinitamente lejanas, comenzaron a perfilarse entre la confusión y vi.... ¿era eso Juan Romero?... ¡pero, por Dios! ¡no me atrevo a decir lo que vi!.. algún poder celestial, viniendo en mi ayuda, ocultó imágenes y sonidos en una especie de choque como el que debe escucharse cuando dos universos colisionan en el espacio. Se desató el caos y me fue concedida la paz de la inconsciencia.
Apenas sé cómo proseguir, ya que hay involucradas unas condiciones tan singulares; pero debo llegar al final sin intentar discernir qué fue real y qué ilusión. Al despertar, estaba sano y salvo en mi barraca, y el resplandor rojo del alba se divisaba desde la ventana. Algo más allá yacía, sobre una mesa, el cuerpo sin vida de Juan Romero, rodeado por un grupo de hombres entre los que se contaba el médico del campamento. Hablaban de la extraña muerte que había sobrevenido al mexicano durante el sueño; una muerte al parecer conectada de alguna forma con el terrible rayo que había alcanzado y estremecido a la montaña. No había causa visible de la muerte, y una autopsia no pudo encontrar una razón por la que Romero no pudiera estar vivo. Por retazos de conversación, supe sin ninguna duda que ni Romero ni yo habíamos abandonado el barracón en toda la noche, y que nadie se había despertado al paso de la espantosa tormenta sobre la sierra Cactus. Esa tormenta, dijeron los hombres que se habían aventurado hasta el pozo de la mina, había causado grandes derrumbes, cegando completamente el profundo abismo que tanta aprensión despertara el día antes. Al preguntar al vigilante sobre qué sonidos habían precedido al poderoso trueno, mencionó a un coyote, un perro y el gruñón viento de la montaña... nada más. No tengo motivos para dudar de su palabra.
Al reanudar el trabajo, el superintendente Arthur llamó a algunos hombres de toda confianza para hacer algunas investigaciones en el lugar donde surgiera el abismo. Obedecieron, aunque sin gran entusiasmo, y se hizo un profundo sondeo. Los resultados fueron muy curiosos. El techo del abismo, tal como se comprobó cuando éste se abrió, no era grueso en modo alguno; pero ahora los taladros de los investigadores se toparon con lo que parecía ser una ilimitada extensión de roca sólida. No encontrando nada más, ni siquiera oro, el superintendente abandonó esos tanteos, aunque una mirada de perplejidad asomaba a veces en su expresión cuando se encontraba meditando, sentado a su mesa.
Hay otra cosa curiosa. Al poco de despertar la mañana siguiente a la tormenta, descubrí la inexplicable falta del anillo hindú en mi dedo. Lo tenía en gran estima, aunque, sin embargo, experimenté cierta sensación de alivio ante su desaparición. Si uno de mis compañeros me lo robó, anduvo lo bastante listo en librarse del botín, ya que a pesar de los reclamos y de una búsqueda policial, el anillo no volvió a ser visto jamás. De todas formas, dudo que fuera robado por manos mortales, ya que me enseñaron muchas cosas extrañas en la India.
Mi opinión sobre todo esto varía de cuando en cuando. A pleno día y en casi todas las estaciones me siento inclinado a creer que casi todo fue un simple sueño; pero a veces en otoño, sobre las dos de la madrugada, cuando los vientos y los animales aúllan quejumbrosamente, me llega de una inconcebible hondura un condenado atisbo de rítmico batir... y siento que la transición de Juan Romero fue, de hecho, algo terrible.